Algunas reflexiones feministas en la revuelta

el 11 noviembre | en Sin categoría

Pléyade número especial / noviembre (2019)

online issn 0719-3696

ISSN 0718-655X / pp. xx-xx.

Algunas reflexiones feministas en la revuelta

Barbara Sepúlveda*

Universidad Alberto Hurtado

Lieta Vivaldi**

Universidad de Chile

Para hacer sentido de la contingencia que hoy nos convoca (una contingencia imprevista e impensable hace tan solo unos días), nos parece sugerente seguir a Sara Ahmed con su metáfora de la “mesa feliz”, the happy table, con la que abre The Promise of Happiness

«Empezamos con una mesa. Alrededor de esta mesa la familia se reúne, teniendo conversaciones diplomáticas donde solo algunas cosas se pueden mencionar. […] Se supone que éstas son ocasiones felices. Cuán difícil es trabajar para mantener esta situación feliz, para mantener la superficie de la mesa limpia para que pueda reflejar una buena imagen de la familia. Tantas cosas que no puedes decir, ni hacer, ni ser para poder preservar esa imagen» [1].

Desde la recuperación de la democracia se ha trabajado intensamente por preservar una mesa feliz: la defensa de un modelo neoliberal impuesto por la fuerza y con la muerte de miles de personas, que privatiza los derechos sociales, liberaliza la economía y a la vez impone un excesivo conservadurismo sobre los cuerpos, coartando incluso nuestras decisiones sexuales y reproductivas. La propia narrativa de esa felicidad propiciada por el modelo neoliberal no calza con la vida de la gran mayoría de chilenos y chilenas: pobres, migrantes, grupos racializados, mujeres, niños y niñas, vendedoras y vendedores ambulantes, trabajadoras sexuales, LGTBQ+, personas con capacidades diversas, y tantas otras que viven la injusticia social y la falta de derechos en sus propios cuerpos.

Lo que parece movernos entonces es una suerte de “cruel optimismo”, como dice Lauren Berlant[2], según el cual permanecemos atadas a fantasías de la “buena vida” que son inalcanzables. Fantasías que incluyen, por ejemplo, promesas de ascenso social, seguridad laboral, igualdad política y social, intimidad perdurable, etcétera; todo esto a pesar de que la evidencia apunta en dirección contraria. A saber, que ya no podemos contar con que las sociedades liberales-capitalistas van a ser capaces de proveer oportunidades para que lxs individuos hagan de su vida “algo que valga la pena” y que, consecuentemente, la lógica de autosuficiencia, risk-planning y resiliencia opaca el reconocimiento de la imperfección, falibilidad, y dependencia-en-otros que supone la acción en el mundo real.

En ese contexto, el trabajo del feminismo es el trabajo de unas “aguafiestas”, killjoys como señala también Ahmed en una obra más reciente: aquellas que “matan la alegría”, sujetos que con su mera presencia se cruzan en el camino y en consecuencia amenazan este consenso normativo de la “mesa feliz”. Y es verdad: las feministas hemos alzado la voz y nuestros cuerpos para denunciar la injusticia, y por ello muchas veces hemos sido tildadas de aguafiestas y amargadas. Pero lo que hemos visto en los últimos días nos muestra cómo somos muchos y muchas quienes no participábamos de esta “mesa feliz”. Que somos muchas las aguafiestas.

Chile es un país donde las mujeres no tienen completa libertad reproductiva. Un país donde son sexualmente violentadas y cosificadas, donde las personas de la diversidad sexual pierden sus hijos, sus medios de subsistencia y su posición social sólo por no comportarse según la heteronorma. Es un país donde más del 80% de las personas que se dedican a cuidar a los adultos mayores, niños y personas dependientes son mujeres. Mujeres que tienen más dificultad para acceder al mundo laboral, que pierden lazos afectivos y a su círculo social, y que tienen altos niveles de estrés y aislamiento. Y esto es solo por dar un ejemplo de la precariedad que vive la mayoría de las mujeres de nuestro país. En este contexto, el conjunto de derechos que las mujeres han adquirido a nivel internacional en el último siglo –a votar, a trabajar, al divorcio, no ser acosada ni abusada sexualmente en el trabajo, en la escuela ni en la calle, tener acceso al trabajo y a una remuneración equitativa, a decidir si, cómo y cuándo tener hijos, a vivir en un espacio libre de violencia, a no ser asesinadas solo por el hecho de ser mujeres– son cosas que simplemente no podemos no querer.

La Comisión Interamericana de los Derecho Humanos ha sido explícita en ese sentido:  [Las mujeres] tienen cargas desproporcionadas de cuidado y crianza al interior de sus familias. Estas cargas y las limitaciones que las mismas imponen en su uso del tiempo reducen sus posibilidades de acceder a empleo formal, decente y de calidad, y a los recursos económicos necesarios para su subsistencia y las de sus familias. Pese a la continua inserción de las mujeres al mercado laboral y al sector educativo, los logros en esta esfera aun son incipientes. La OIT ha señalado que las mujeres que viven en pobreza y pobreza extrema, se encuentran en situaciones que se caracterizan en general por su alta dedicación en actividades no remuneradas y dependencia económica de sus parejas, así como por su concentración en una reducida gama de ocupaciones principalmente informales, con bajos salarios y sin acceso a la seguridad social[3].

Desde los feminismos se ha impulsado a resistir y desarticular los discursos y prácticas neoliberales que contribuyen a la precarización de la vida. El horizonte crítico y activista del feminismo se articula así como una reacción sensible a las injusticias del mundo[4], contribuyendo a pensar y posibilitar nuevas formas de vidas. En esta revuelta que empieza el 18 de octubre, el trabajo del feminismo mantiene una continuidad con los movimientos estudiantiles que los últimos años han denunciado las consecuencias de una educación totalmente a merced del mercado, y también con el “mayo feminista” de 2018, parte de una larga lucha de los movimientos feministas que han alertado sobre las incumplidas promesas de la modernidad y de la democracia.

La racionalidad neoliberal nos ofrece una administración de la diferencia mediante la incorporación de las demandas de los movimientos sociales en la agenda de políticas públicas, mediante la mercantilización de los eslóganes feministas, de la concesión de algunas cuotas de poder acorde a las políticas de los noventa del “techo de vidrio”. Ninguna de estas vías apunta a la desestabilización del modelo económico. Como denuncian en particular los feminismos marxistas, en este sistema los derechos de la ciudadanía se transforman en derechos de los consumidores o derechos de los actores en el mercado, más que derechos políticos o civiles. No son derechos para empoderar a aquellos que no tienen poder, son derechos que apuntan a mantener las relaciones sociales que son útiles al capital. Al identificar a las personas como capital humano, supuestamente el neoliberalismo tendría un trato “más allá del género”, y sin embargo lo que ocurre es una invisibilización del género que perjudica a las mujeres. Por ejemplo, al desmantelar las prestaciones sociales mediante su privatización, responsabilizando a los individuos y sus familias, se intensifica la labor ya invisibilizada del trabajo doméstico y cuidado, que recae mayoritariamente en las mujeres.

Otra contribución que puede jugar un rol importante en esta revuelta es la invitación a pensar la vulnerabilidad no como un estado pasivo, victimizante e inmovilizante, sino, por el contrario, como parte fundamental de la acción política[5]. En este sentido la resistencia aparece justamente desde la vulnerabilidad, cuando las y los sujetos se manifiestan ante las formas de precariedad en que viven. La vulnerabilidad es reconcebida como exposición corporal inducida por relaciones sociales y materiales de dependencia. Así, es posible leer los momentos de protesta de los cuerpos en la calle como en una “deliberada exposición al poder”[6], cuerpos que performan la demanda contra la precarización al exponer la misma vulnerabilidad corporal a las condiciones precarizantes que están siendo desafiadas.

En este contexto, la reacción de fuerzas desmedidas e ilegales de parte de un gobierno que sólo tiene incomprensión y violencia ante las demandas legítimas de igualdad y dignidad nos muestra la gran resistencia hacia el cuestionamiento al modelo. En el estado de emergencia decretado el 18 de octubre, el toque de queda establecido desde el 19 al 26, se ha podido constatar que Carabineros de Chile ha incumplido en forma grave y reiterada los protocolos de actuación ante detenciones y represión en contexto de protestas, violando los derechos de las personas detenidas, agrediendo físicamente de forma innecesaria, no prestando ni facilitando atención médica de urgencia, obligando a mujeres a desnudarse en forma vejatoria, disparando bombas lacrimógenas y balines en forma directa contra el cuerpo de los manifestantes y haciendo uso de armamento de fuego de manera ilegal, ocasionando muertes de manifestantes. Lo anterior se ha visto agravado debido a la irresponsabilidad del Gobierno, que ha abordado esta crisis sin escuchar ni empatizar con quienes se manifiestan con toda justicia para clamar por sus derechos.

De acuerdo con la convención de Belén do Pará, los Estados deben abstenerse de cualquier acción o práctica de violencia contra las mujeres y velar por prevenir, investigar y sancionar estos hechos, lo anterior en todo contexto, incluyendo estados de emergencia. Sin embargo, hemos visto cómo han abusado del uso de violencia, física y sexual, incluso teniendo que llorar nuevos muertos en democracia a manos del estado[7]. Estos hechos no pueden quedar impunes.

Sostenemos que una nueva constitución es imprescindible y debe incorporar derechos humanos, derechos económicos y sociales, género y considerar grupos que han sido históricamente discriminados tales como grupos racializados, LGTBQ+, niños y niñas, inmigrantes, personas con capacidades distintas, entre tantas otras. 

Las teorías constitucionales modernas se han sustentado en concepciones masculinas, heteronormativas y androcéntricas del derecho, lo cual limita su comprensión de la realidad y de cualquier identidad que no encaje en los parámetros fijados por esas teorías. Por lo tanto, no consiguen dar con una respuesta satisfactoria al fenómeno específico de la discriminación de género en el ejercicio y titularidad de la ciudadanía. Además, constantemente se esgrime el argumento según el cual existen problemas jurídicos mucho más urgentes que atender que los específicos del género, cuestión que sólo ha resultado útil a la postergación de la discusión de estos asuntos y traslado a un nivel menor de relevancia, y en consecuencia a una generación deficitaria de legislación y políticas públicas con enfoque de género.

Sin embargo, el contexto actual de la revuelta de octubre/noviembre de 2019, y los debates de los últimos años sobre la necesidad de una nueva Constitución, otorgan el espacio propicio a la generación de propuestas que permitan a la sociedad avanzar hacia una democracia efectiva, incorporando el género y los feminismos como un elemento transversal, no sólo en el nuevo texto constitucional sino que en todo el aparataje estatal. Una de las cosas que debe llamarnos la atención al observar el modo en que el género ha sido construido jurídicamente de una determinada manera es que, justamente, es posible construirlo de una forma alternativa, que la deconstrucción crítica del entramado jurídico que ha puesto a las mujeres en una categoría secundaria es posible. Es posible (en un esfuerzo que es siempre epistemológico y político) repensar nuestra normatividad para reconfigurar el sistema jurídico y transformar el derecho desde un nuevo paradigma.

La tarea, en fin, es posibilitar el tránsito a “nuevas mesas”, mesas en que podamos desde lo colectivo construir condiciones que nos permitan “vivir bien”. Los cambios necesarios para una sociedad más justa articulan voces que porfiadamente piden ser escuchadas. Son las voces que han quedado afuera y abajo de la “mesa feliz”. Es el momento de que esas voces y esos cuerpos puedan encontrarse y hacer otras mesas que promuevan el encuentro, encuentros diversos, y necesitamos de ese apoyo mutuo cuando, como dice Ahmed, vivimos nuestras vidas en formas que son (mal)entendidas por otros como tercas, obstinadas o difíciles.


* Profesora de las cátedras de Derecho Constitucional y Teoría Feminista del Derecho en la Universidad Alberto Hurtado, y profesora invitada en diversos cursos de pre y postgrado de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile. Abogada por la Universidad de Chile, magíster en Derecho Público de la misma universidad, y magíster en Género por la London School of Economics and Political Science. Se especializa en género y derecho y en derecho público. Es cofundadora y Directora Ejecutiva de la Asociación de Abogadas Feministas ABOFEM. Correo electrónico: basepulveda@uchile.cl. 

** Investigadora de la Universidad Diego Portales y del Comité de Ética Aplicada de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Chile. Doctora en Sociología por Goldsmiths, University of London, magíster en sociología por la London School of Economics and Political Science, y abogada por la Universidad de Chile. Realiza clases en la Universidad de O’Higgins, la Universidad Alberto Hurtado y la Universidad de Recoleta. Forma parte de ABOFEM, del directorio del International Institute for Philosophy and Social Studies IIPSS, y de RED de estudios para la profundización democrática. Se especializa en derechos humanos, derechos sexuales y reproductivos, biopolítica y feminismos. Correo electrónico: lietavivaldi@gmail.com.

[1] Sara Ahmed, The Promise of Happiness (Durham: Duke University Press, 2010), 1. Traducción propia.

[2] Lauren Berlant, Cruel optimism (Durham: Duke University Press, 2012).

[3] Unidad sobre los Derechos Económicos, Sociales y Culturales de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, Informe sobre pobreza y derechos humanos en las Américas: aprobado por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, el 7 de septiembre de 2017, párrafos 312 y 313. Consultado en noviembre de 2019, disponible en http://www.oas.org/es/cidh/informes/pdfs/PobrezaDDHH2017.docx.

[4] Sara Ahmed, Living a feminist life (Durham: Duke University Press, 2017).

[5] Ver Judith Butler, Zeynep Gambetti y Leticia Sabsay eds., Vulnerability in Resistance (Durham: Cornell University Press, 2016).

[6] Ibíd., 22.

[7] Ver “Abogados de la Universidad de Chile denuncian torturas y detenciones ilegales en manifestaciones”, en Radio.Uchile.cl, 24 de octubre de 2019. Consultado en noviembre de 2019, disponible en https://radio.uchile.cl/2019/10/24/abogados-de-la-universidad-de-chile-denuncian-torturas-y-detenciones-ilegales-en-manifestaciones/?fbclid=IwAR0XNmsoSw0frK-mvgbUrou20DQKlS4dOdzmOwGdWeGJfgZ3CY4FRCvk4qc.

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