Apuntes (zavaletianos) sobre democracia y dictadura

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Pléyade número especial / noviembre (2019)

online issn 0719-3696

ISSN 0718-655X

Apuntes (zavaletianos) sobre democracia y dictadura

Felipe Lagos Rojas*

Seattle Central College

La reacción autoritaria, entre otros aspectos materiales y dolorosos, es expresión concreta del terror que provoca en las clases dominantes la revuelta popular, la plebe como multitud en acción. Pero este momento autoritario es ya constitutivo del orden social que hoy cruje y tambalea. El hecho que ambos, revuelta y reacción, aparezcan como sorpresivos o excesivos nos habla de la desconexión entre enunciado (“el pueblo”) y el sujeto de esa enunciación (políticos, intelectuales, medios), mostrando así también ciertos vacíos en las lecturas acerca del carácter de la dominación de clase en el Chile contemporáneo, y en particular del funcionamiento del Estado (en sentido ampliado) neoliberal.

Puede parecer paradójico recurrir para estos efectos a un autor, primero, boliviano de nacimiento, y además fallecido en 1984, o sea con anterioridad a la proliferación de democracias neoliberales en el continente. Lo que destaca sin embargo en el trabajo de René Zavaleta es que, a diferencia de otros cientistas sociales (marxistas o no), no necesitó fetichizar la democracia para ofrecer una lectura acerca de la generalización autoritaria en el un período en la historia de América Latina que, parafraseando a Eric Hobsbawm, llamaremos “los largos setentas”. Entiende y deja claro que democracia no significa en principio más que la forma normalizada, hegemónica, de la dictadura de clase del capital, que se ve materializada y reproducida por medio de su estado y su forma de autonomización de la política. Por medio de esta dialéctica entre forma democrática y sustancia dictatorial[1], Zavaleta logró identificar importantes momentos del dominio de clase en el capitalismo tardío dependiente.

Estado neoliberal y modelo vertical autoritario

Entenderemos por neoliberalismo un fenómeno complejo de al menos cuatro dimensiones: (1) una teoría económica que radicaliza los principios liberales clásicos; (2) un ethos reestructurador de clase, asociado al trabajo de think tanks y organismos dedicados a la difusión y legitimación de los principios asociados a este ethos; (3) una técnica de gubernamentalidad (en sentido foucaultiano) con fuerte énfasis en la despolitización de la sociedad y la fragmentación de identidades colectivas; y (4) un conjunto de dispositivos que buscan restaurar y resguardar el poder de clase del capital[2]. Tomando como punto de partida la definición de David Harvey de neoliberalismo como restablecimiento del poder de clase por vía de la intensificación de lo que el mismo autor denomina “acumulación por desposesión” (de bienes comunes, poder adquisitivo o derechos sociales garantizados por el Estado), se debe establecer que no existe un modelo, si por ello entendemos homogeneidad en políticas económicas y/o formas discursivas. Aun cuando se puede reconocer matrices ideológicas comunes, resulta entonces pertinente hablar de procesos de neoliberalización para destacar la diversidad de formas y ritmos que ha adquirido la mundialización neoliberal como fase superior del capitalismo.

En “El fascismo y la América Latina” (texto de 1976), Zavaleta indica que el fascismo representa una forma interior, inherente al Estado capitalista, aunque aparezca como su anomalía o negación (por su contraste con “normalidad” democrática liberal-representativa). Esta indicación sugiere a su vez una distinción entre fascismo como formación histórica por un lado, la que es indisociable de su manifestación en un movimiento de masas, y fascismo como técnica o dispositivo estatal por el otro, el que prescindiría del aspecto de masas[3]. Por otro lado, en el texto “Problemas de la determinación dependiente y la forma primordial”, Zavaleta vincula la categoría de fascismo dependiente (acuñada por Theotonio dos Santos) con lo que el mismo propone llamar “modelo vertical autoritario”. Se trata de una categoría que describe en general el proyecto refundacional de las sociedades latinoamericanas en el marco de la reorganización más amplia del capitalismo tardío. Su tesis organizadora es la de la ingobernabilidad de la democracia[4], y su presencia en América Latina aparece como “emisión” imperialista desde 1964 en Brasil. Sus principales características son:

En “El fascismo y la América Latina” (texto de 1976), Zavaleta indica que el fascismo representa una forma interior, inherente al Estado capitalista, aunque aparezca como su anomalía o negación (por su contraste con “normalidad” democrática liberal-representativa). Esta indicación sugiere a su vez una distinción entre fascismo como formación histórica por un lado, la que es indisociable de su manifestación en un movimiento de masas, y fascismo como técnica o dispositivo estatal por el otro, el que prescindiría del aspecto de masas[3]. Por otro lado, en el texto “Problemas de la determinación dependiente y la forma primordial”, Zavaleta vincula la categoría de fascismo dependiente (acuñada por Theotonio dos Santos) con lo que el mismo propone llamar “modelo vertical autoritario”. Se trata de una categoría que describe en general el proyecto refundacional de las sociedades latinoamericanas en el marco de la reorganización más amplia del capitalismo tardío. Su tesis organizadora es la de la ingobernabilidad de la democracia[4], y su presencia en América Latina aparece como “emisión” imperialista desde 1964 en Brasil. Sus principales características son:

  • Una reorganización corporativa y verticalista de la sociedad civil, posibilitada por la destrucción del anterior tejido colectivista popular y relativamente horizontal. Debido al predominio de los medios corporativos de comunicación, en este proceso la opinión pública termina siendo transformada en un producto (output) de éstos.
  • El rol subsidiario del Estado, que lo vuelve un aparato al servicio de las dinámicas de la competencia capitalista en el seno de su propio funcionamiento, bajo una transnacionalización económica dogmática, propia del determinismo de mercado de Hayek et. Al.
  • La doctrina de seguridad nacional como ideología explícita de este Estado. Zavaleta la considera la dimensión “político-militar” de la tesis de la ingobernabilidad de la democracia. Esta ideología estatal estaría acompañada por una técnica específica: la generalización del terror como movimiento orientado a un permanente ajuste ideológico, con vistas a la progresiva fragmentación y segmentación de la totalidad del horizonte de referencias[5].

Si la tesis basal a la reorganización estatal es la ingobernabilidad democrática, y el terror cuenta como uno de sus dispositivos, tenemos ya un eje sobre el cual la dictadura aparece como democracia: en la administración de esa ingobernabilidad por medio de la aplicación controlada de terror, algo que permite realizar ajustes ideológicos cruciales para el aseguramiento del consentimiento mínimo (disciplinamiento) que a su vez y bajo ciertas condiciones permite garantizar dicha normalidad democrática. Esta forma de entender las condiciones de posibilidad de la normalidad democrática bajo el neoliberalismo es afín a los análisis hechos entre otros por Naomi Klein, quien asocia el modo de funcionamiento del capitalismo contemporáneo con la lógica de producción y luego de administración del desastre (disaster capitalism), sea éste provocado (guerras, golpes de estado) o bien originado en catástrofes climáticas[6].

Crisis social y democracia de masas

El bloque dominante en Chile (compuesto por un gobierno decididamente proempresarial, los propios empresarios, los medios de comunicación y el ejército) se muestra dispuesto a aplicar el terror y el estado de excepción desde el comienzo de las movilizaciones y aún hasta este mismo momento, en que el Presidente vuelve a la ofensiva con un conjunto de medidas criminalizadoras y represivas, además de convocar al Consejo de Seguridad Nacional. Se trata de un movimiento que, junto con imponer terror, busca profundizar la fractura existente en el cuerpo social por medio de la instalación majadera de la distinción entre manifestante (en su modalidad “permitida”[7]) y lumpen y vandalismo (“el antisocial”). Estamos ante la manifestación visible del momento fascista o vertical-autoritario del Estado neoliberal, con sus operaciones características de shock y de intento de reorganización ideológica del cuerpo social. En este sentido, la declaración de guerra del 20 de octubre no es sino la repetición como farsa (como dispositivo restaurador) de la que decretara Pinochet como tragedia y como contrarrevolución la misma noche del 11 de septiembre de 1973[8].

Pero no se trata de una “simple” repetición, sino de una más de las iteraciones de un dispositivo que está a la base del Estado neoliberal, y que así se ha presentado durante décadas en las comunidades que caen bajo sus aparatos de control y quedan entonces reducidas a figuras como “vándalo”, “drogadicto”, “indio insurrecto”, “marica”, “travesti”, “puta” o “subversivo”[9]. Estas comunidades han sufrido y sufren la constante represión del mismo Estado neoliberal que hoy, al calor del despliegue total de su modalidad o intensidad fascista, vemos operando de modo extendido hacia segmentos de la población que, de no mediar la consecuente revuelta, con toda seguridad nunca se habrían visto enfrentados a estos aparatos de control más que de modo casual[10]. Dicho en otras palabras: la violación a los derechos humanos no corresponde a una presencia actual que sea constatable como ausencia anterior, sino más bien a una diferencia de intensidad en la presión del Estado neoliberal hacia el cuerpo social.

Pero así como no fetichiza la idea de democracia, Zavaleta tampoco la reduce a su contraparte, la dictadura. Junto con identificar las distintas operaciones de representación política y epistemológica que realiza el Estado capitalista en nombre de la democracia[11], el momento cúlmine o fundacional de la noción de democracia aparece con el movimiento histórico de autodeterminación de masas. La idea central aquí es la de masa o multitud, producto histórico del encuentro entre formaciones pertenecientes a distintas temporalidades y memorias que, en situación de “normalidad”, conviven en condición de abigarramiento, es decir, de coexistencia sin mucha combinación. La masa o multitud es el territorio en que las clases populares y subalternas se abren espacios de visibilidad y de autoconocimiento que les son negados en otras circunstancias. Por medio de estos espacios, estas clases experimentan un encuentro (tenso y, en muchos sentidos y momentos, contradictorio) gatillado por las urgencias de una situación de crisis.

Esta crisis, por su parte, corresponde a una contracción temporal que permite a aquella masa verse a sí misma como masa, como unidad semiespontánea de lo diverso en acción, brindándole un espacio de posibilidades a esa multitud en acción para ejercer soberanía sobre su propio movimiento. “La historia de las masas es siempre una historia que se hace contra el Estado, de suerte que aquí hablamos de estructuras de rebelión y no de formas de pertenencia”[12]. Durante octubre y noviembre, este proceso parece haber detenido el tiempo Chile, y así esas estructuras de rebelión han respondido durante semanas los embates del Estado neoliberal, en todo su repertorio de represión militar y brutalidad policial; de normalización del estado de excepción y lumpenización de la violencia popular; de neutralización de la escalada del conflicto y cooptación selectiva de demandas. En el caso de la cooptación, se trata de la incorporación y desactivación del imaginario democrático radical abierto por las masas en octubre y noviembre que vemos hoy en los intentos de canalizar los cabildos participativos por dentro de las instituciones de la Constitución de 1980.

Y es que tal vez sea éste el principal elemento de la rotunda respuesta de las multitudes chilenas a la brutal manifestación del modelo vertical autoritario. El repertorio de estructuras de rebelión que está siendo desplegado en este contexto es igualmente digno de registro: de la autodefensa barrial a la movilización masiva en las principales calles; la actividad cultural y la desobediencia civil organizada, sea para evadir el cobro en el transporte o para desafiar el toque de queda; de las asambleas locales a las caminatas masivas “del campo a la ciudad”; del bloqueo de puntos estratégicos a saqueos o recuperaciones masivas de distintos bienes de consumo; de la paralización sectorial, de lugares de trabajo y de servicios, a la propuesta de paralización general de la producción (sin olvidar el “cacerolazo”).

Zavaleta consideraba que, por su carácter aglutinador y convocante de masas a la acción, los momentos de crisis no pueden ser considerados únicamente desde su operación “desde arriba”, o como rearticulación sistémica (sea en términos de respuesta o de disposición del aparato estatal). Las ideas complementarias de “crisis como método” de autoconocimiento de la clase en su transmutación como masa[13], y de “crisis como escuela” de esa clase transformada en multitud, merecen ser consideradas seriamente en esta coyuntura[14]. Se trata de considerar la crisis como espacio de autoaprendizaje práctico, concreto, cotidiano, de una unidad que es en principio virtual (el pueblo, la clase, la subalternidad), y que busca en este mismo momento y de modo práctico antes que teórico las definiciones que le permiten actualizar esa virtualidad.

Por su carácter de rearticulación práctica de dinámicas de lucha de clase y de movilización feminista y plurinacional, el conflicto social en Chile ha puesto en movimiento una multitud, o muchedumbre o masa, en la que se desenvuelven y conviven diferentes construcciones de identidades y luchas, alternativas a las actuales y que expresan procesos de subjetivación política difíciles de prever, pero que en sus manifestaciones actuales asumen líneas ecosocialistas, feministas y radicalmente democráticas. Este conjunto merece ser llamamos huelga general (en su combinación actual de movilización feminista, de clases trabajadoras y movimientos de defensa del agua, la vida y el territorio), reconociendo que este estado de huelga y movilización generalizada contiene una constelación compleja y que requiere ser observada como proceso antes que simplemente como evento. Mientras que el bloque en el poder no ha renunciado a su posición de fuerza ciega, aumentando la sensación de ingobernabilidad desde arriba y, con ello, el terror que da origen y causa a la reacción autoritaria, motivo con que abrimos estas líneas. La correlación de fuerzas sociales que determina la política en todos sus niveles parece permanecer en suspenso, sudando historia, esperando el precipitado. 

Y mientras el llamado a huelga general plurinacional se fortalece con el llamado a paralización nacional de la producción, la movilización en las calles se sigue multiplicando y asume nuevas formas. Tres imágenes permiten capturar el momento: el cacerolazo nacional, verdadera metodología del encuentro con origen en el feminismo poblacional y de alcance transversal; la cabeza de Pedro de Valdivia en manos de Caupolicán en una plaza de Temuco, expresión de la herida indígena en el corazón de Chile (y de América, sea “Latina” o “Sajona”), junto con la bandera Mapuche en las machas y concentraciones, convertida en símbolo de la nueva unidad plurinacional; y una inédita unidad, primero transectorial en la Mesa de Unidad Social, y después clasista en el Bloque Sindical, este último llamando a paro general del país y extendiendo un petitorios al gobierno de un país en que, hace dos semanas, la negociación por rama estaba vetada constitucionalmente. Y es que ya no es el mismo país: la multitud, la plebe en acción, entiende mejor día a día que si se organiza puede cambiar su propia historia. Ni futuro garantizado ni vuelta atrás posible.

Territorio Duhamish, otoño de 2019


* Profesor adjunto del Departamento de Artes, Humanidades y Ciencias Sociales de Seattle Central College, Seattle, Estados Unidos. Doctor en sociología por Goldsmiths College, University of London. Editor y autor de un capítulo del volumen Latin American Marxisms in Context: Past and Present (Cambridge: Cambridge Publishers, 2019). Miembro investigador del International Institute for Philosophy and Social Studies, y editor general de Pléyade. Trabaja temas de comunicación intercultural y teoría crítica de la raza, pensamiento crítico latinoamericano, y descolonización. 

[1] “La dictadura es el carácter del Estado. No sólo un incidente de concentración del recurso estatal sino un elemento

constitutivo del Estado como tal. No significa ello otra cosa que el límite de todo poder político que alcance densidad estatal es siempre su causa final, es decir, su naturaleza de clase”. René Zavaleta, “Notas sobre fascismo, dictadura y coyuntura de disolución”, en La autodeterminación de las masas, antología y presentación de Luis Tapia Mealla (Buenos Aires: Siglo veintiuno editores/CLACSO, 2015), 378.

[2] Ver David Harvey, El nuevo imperialismo (Madrid: Ediciones Akal, 2004), Breve historia del neoliberalismo (Madrid: Ediciones Akal, 2007); Jamie Peck, Nik Theodore y Neil Brenner, “Postneoliberalism and its Malcontents”, Antipode 41 no.1 (2009); Jamie Peck, Constructions of Neoliberal Reason (Nueva York: Oxford University Press, 2010); Tomás Undurraga, “Neoliberalism in Argentina and Chile: common antecedents, divergent paths”, Revista de Sociologia e Política 23, no. 55 (2015).

[3] Esto coincide con la propuesta de Neil Davidson y Richard Saull de distinguir el fascismo como proyecto de transformación y como dispositivo restaurador. Ver “Neoliberalism and the Far-Right: A Contradictory Embrace”, Critical Sociology 43, 4-5) (2017).

[4] Michel Crozier, Samuel P. Huntington y Joji Watanuki, “The Crisis of Democracy – 1975”, Report on the Governability of Democracies to the Trilateral Commission, 1975. Este es un documento geopolítico fundamental para comprender la convergencia de doctrinas acerca de “seguridad militar, desarrollo económico y democracia política” (ibíd., 1) que serían luego características de los estados neoliberales latinoamericanos.

[5] “Problemas de la determinación dependiente y la forma primordial”, en La autodeterminación de las masas, 300-304.

[6] Ver Naomi Klein, The Shock Doctrine. The Rise of Disaster Capitalism (Nueva York: Picador, 2008); The Battle For Paradise. Puerto Rico Takes on the Disaster Capitalists (Chicago: Haymarket Books, 2018).

[7] Traigo a colación aquí la noción de Silvia Rivera Cusicanqui de “indio permitido” (versus “insurrecto”) para llamar la atención de esta gentrificación o segregación de la experiencia y de la propia representación como uno de los mecanismos centrales del aparato cultural neoliberal, incluidos multiculturalismo y políticas de la identidad. Para un uso de la noción de Rivera Cusicanqui como descriptor de una función esencial del multiculturalismo neoliberal, ver Charles R. Hale y Rosamel Millaman, “Rethinking indigenous politics in the era of the ‘indio permitido’”, NACLA Report on the Americas 38, no. 2, (2004).

[8] “La resistencia marxista no ha terminado, aún quedan extremistas. Yo debo manifestar que Chile está en este momento en estado de guerra interna”, citado en Verónica Valdivia Ortiz De Zárate, “‘¡Estamos en guerra, señores!’. El régimen militar de Pinochet y el ‘pueblo’, 1973-1980”, Historia 43, no. I (2010).

[9] Los casos de las poblaciones penales e indígenas del Wallmapu han sido ampliamente documentados, ofreciendo una imagen de la violación permanente de los derechos humanos que deja esta última categoría en deuda. Ver especialmente Patricia Richards, Race and the Chilean miracle: neoliberalism, democracy, and indigenous rights (Pittsburgh, University of Pittsburgh Press, 2013).

[10] Debo estas consideraciones a las invaluables conversaciones con Francisca Gómez Baeza.

[11] Zavaleta describe un doble pliegue del concepto moderno de democracia. El primero es el pliegue o tensión ente la democracia como hecho económico-social (como libre concurrencia de la fuerza de trabajo) y como hecho estatal (como monopolización de la política por vía de su autonomización relativa). Este último, a su vez, sufre un segundo pliegue entre el aspecto liberal o clásico de la representación (o representación como hablar por, en la lectura de Spivak) y su rol gnoseológico o de producción de subjetividad (representación como hablar de, como producción de objetos de discurso). “Cuatro conceptos de democracia”, en La autodeterminación de las masas, 121-145. Ver también Gayatri Spivak, “Can the subaltern speak?”, en Marxism and the Interpretation of Culture, edición de Cary Nelson y Lawrence Grossberg (Basingstoke: Macmillan Education, 1988).

[12] Zavaleta, “Cuatro conceptos de democracia”, 138.

[13] Zavaleta, “Las masas en noviembre”, en La autodeterminación de las masas, 213; también “Forma clase y forma multitud en el proletariado minero en Bolivia”, en ibíd.      .

[14] “Es claro que el propio uso representativo es una escuela conveniente para la institución del modo de ser del hombre libre. La verdadera escuela del hombre libre, con todo, es el acto de masa, y el principio de la autodeterminación define la manera en que ocurren todos los otros conceptos de la democracia”, Zavaleta, “Cuatro conceptos de democracia”, 141.

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