El otro tiempo

el 11 noviembre | en Sin categoría

Pléyade número especial / noviembre (2019)

Online ISSN 0719-3696

ISSN 0718-655X

El otro tiempo (*)

Camila Valladares*

Universidad de Chile

Carmen Ruiz B. **

Université Paris Nanterre

Si bien en el élan vital vamos hacia lo desconocido,

el hecho es que vamos hacia alguna parte, mientras que

en la evasión no aspiramos sino a salir

E. L.

Este día es nuestra utopía

Rayado de micro

En Eva se evade, Hélène Cixous escribe sobre  El sueño del prisionero, la obra pictórica de de Moritz von Schwind que Sigmund Freud habría comentado en 1916. “Lo lindo”, dice Cixous que dice Freud –sorteando, saboteando, ¿evadiendo? la realidad y la ficción–, “es que la evasión debe hacerse por la ventana y no por la puerta, pues es por la ventana que se introduce la excitación luminosa que pone fin al sueño del prisionero”[1]. Tras esa conferencia, Freud habría evadido: no habría dicho ni una décima parte de lo que, según Cixous, pensaba. A saber, que “todo soñador es un prisionero que se evade”[2]

Moritz von Schwind El sueño del prisionero

Y de pronto, evadir se vuelve un llamamiento insurrecto. Y de pronto, esa acción que supuestamente se oponía a la confrontación, a dar cara al conflicto, termina prendiendo fuego a una sociedad que parecía sumida en la resignación.

Inusitadamente, de un momento a otro, se asoma la creatividad: llamado masivo a evadir el pasaje del Metro, cuyo precio se vuelve –ya se había vuelto– insostenible. Multitudes de estudiantes saltan los torniquetes sin pagar. La evasión se multiplica en cada estación de Metro. Cobra fuerza, alegría, rabia. El caos parece aflorar. Cada vez son más estudiantes. La evasión llega directa y masiva para rebosarlo todo. Algunos torniquetes, soportes materiales del pago, son destruidos. Ni robo ni don, más cerca del escamoteo, el gesto, que parecía solaparse hasta volverse invisible, toca, esta vez, la impudicia. La evasión se enrostra y el disimulo ya no disimula; al menos, no del todo, al reivindicar paradójicamente su visibilidad. Lo que se hace notar, no sin ingenio, es que la indiferencia está en pagar.

Evadir la realidad, evadir impuestos, evadir responder. ¿Dónde reside la potencia política de esta palabra, “evadir”, que se ordenaba hace unos pocos días en las filas de la deshonestidad, la cobardía y el encubrimiento? Es quizás la contradicción entre esta palabra infame y los cuerpos ardorosos cruzando torniquetes, o es tal vez la recuperación de la multitud de un término que estaba reservado solo para quienes podían robar sin ser llamados ladrones. Lo cierto es que fue este llamado y no otro el que, sin poseer un sitial dentro del léxico de la desobediencia, fue capaz de suspender, hasta ahora parcial y momentáneamente, el conjuro neoliberal.

Al compás del inusitado suceso lingüístico, el levantamiento que se propicia no sigue los conductos republicanos de la protesta. Desobediencia sin plan, sin líderes y sin dirección más allá de la fractura. Un llamado alborotado que nos dirige a un sentido otro, no administrable, de la lucha. Evadir es de pronto derrame, sabotaje, escapatoria. “Qué tipo de inteligencia es esta”, nos preguntamos boquiabiertas ante la multitud que se desplaza caótica pero conexa. Qué es esta capacidad autorganizativa que, sin mediar autoridad, nos transforma cada tarde en la boa rojiza que constriñe la ciudad. Cómo es que este llamado alborotado se traduce en un sofisticado manual de resistencia, que millones, hace más de quince días, obedecen a pesar del dolor. No dejamos de oírlo: estamos ante otra forma de luchar[3]. Una que renuncia a la puerta que nunca abrió y trepa por la ventana.

Pero la deserción es un laberinto difícil de habitar. Nos sitúa en un presente inesperado, que lejos de cualquier idea de totalidad, se nos aparece únicamente a modo de retazos, cuales vías enmarañadas que no logran ser cooptadas bajo el sediento orden de la orgánica. Si hay algo que se avizora en este presente de jirones, son facciones que dinamitan la normalidad: marchas autoconvocadas, marchas en silencio y ruidosas, ocio, aglomeraciones, destrucción de bancos, decapitación de monumentos, huelgas, cacerolazos, cabildos territoriales, asambleas generales: una fuga hacia el otro tiempo.

Ante esta resquebrajada escena, la represión es criminal y asesina. Lo es también el horrible panorama que queda al descubierto cuando el humo se disipa y por fin podemos asomarnos a la ventana. Un poblador de San Joaquín escribió contra el “ciudadanismo” y la moral de pacifismo implantada durante años. Lejos de ese “carnaval por la responsabilidad y el respeto”, hace un llamado a la población a resistir. Dice lúcidamente: “No vamos a permitir suicidios forzados, se los advertimos hoy no es cosa de rebeldía hoy es cosa de revuelta y la vamos a resistir hasta que la dignidad nos pertenezca” [4]. No se trata de rebelarse frente a una autoridad bajo una posición simplemente opuesta. Se trata, antes bien, de alterarlo todo. Porque no hay nada en el horizonte, absolutamente nada. El gesto revoltoso, evasivo, no admite cuentos sobre el futuro y se rehúsa a ser organizado en esos términos. Cada esbozo de orden temporal, cada objetivo trazado en el tiempo que intenta imponer un solo y único horizonte se desintegra en un espiral hecho de todas las razones por las cuales estamos acá. Por todas aquellas cosas que están mal, como ese contrato nefasto, el más importante de todos: aquel mediante el cual nos impusieron pagar por existir.


Y Tomamos esta frase en referencia al título del libro El otro tiempo, de Daniela Acosta (Santiago: La calabaza del diablo, 2016).

* Escritora feminista. Socióloga formada en la Universidad Diego Portales, Santiago, Chile. Candidata a magíster en Género y Cultura por la Universidad de Chile. Sus temas de investigación se concentran en la revisión crítica de la teoría queer. Correo electrónico: valladares.farru@gmail.com.

** Doctorante en la Université Paris Nanterre, Francia. Se ha desempeñado como docente en las universidades Alberto Hurtado, ARCIS y Católica de Chile. Su actual investigación trabaja la cuestión de la sobrevida y la filiación en Jacques Derrida. Correo electrónico: carmen.ruiz.bu@gmail.com.

[1] Hélène Cixous, Ève s’évade. La Ruine et la Vie (París: Galilée, 2009), 73. Traducción nuestra.

[2] Ibíd., 72.

[3] “Evadir, no pagar, otra forma de luchar” es la consigna que reaparece incansablemente.

[4] Dicha declaración se encuentra en el siguiente link: https://www.facebook.com/FrenteInformativo/posts/1459037374250701.

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