Fractura social y desafíos socioambientales ante la apertura constituyente

el 24 diciembre | en Sin categoría

Pléyade número especial / Diciembre (2019)

online issn 0719-3696

ISSN 0718-655X

Fractura social y desafíos socioambientales ante la apertura constituyente

Rodrigo Faúndez Vergara*

Movimiento por la Defensa del Agua, la tierra y el medioambiente, modatima

 

Nuestro diagnóstico: desigualdad, despojo y abuso en la génesis del modelo actual

La explosión del conflicto social toma por sorpresa a la totalidad de los actores sociales y políticos que en las últimas décadas nos hemos movilizado por transformar los enclaves del modelo económico, político y cultural que rige en Chile desde hace ya casi cuarenta años. A más de un mes de esta inédita explosión social, desde el movimiento social comprendemos que este fenómeno representa una fractura radical con el modo de construir la democracia y la vida social en el Chile posdictadura. 

Desde una lectura de corto alcance, sus causas se pueden situar en la agregación de un malestar social y frustración continua de la población, ambos asociados a vulneraciones, abusos y maltratos cotidianos que fueron propios de la precarización de la vida en el Chile de la transición neoliberal. Ahora bien, hace ya dos décadas el PNUD y otras instituciones académicas venían constatando la desafección hacia la política, la baja sostenida en la participación electoral, junto con la desconfianza hacia las instituciones de la democracia representativa, las cuales no han logrado procesar ni hacer eco de la “voz de la calle” ni de las aflicciones de las mayorías.

No obstante, nuevas formas de involucramiento y acción social han obligado a las elites y los gobiernos a considerar las agendas de la mayoría de la sociedad, la que ha emergido como un actor político. La irrupción de las luchas sociales masivas en los últimos quince años ha marcado el rechazo de amplios sectores de la población hacia distintos aspectos de ordenamiento de la vida social del Chile neoliberal. Y es este factor el que permite explicar la revuelta actual. La consigna “Chile despertó” sintetiza de forma nítida el rechazo generalizado del mundo popular y capas medias de la población hacia el despojo de sus derechos esenciales, la ausencia de protección y el exceso de abusos por parte de una elite que no ha tenido la convicción ni ha generado las vías para canalizar transformaciones robustas en beneficio de las mayorías.

A lo anterior se suma un factor subjetivo, asociado a una sensación permanente de trato desigual y privilegios exclusivos de ciertos grupos minoritarios del país: con la existencia del binominal durante 25 años, el acceso al poder ejecutivo y legislativo estuvo cerrado hacia las mayorías; el trato de la justicia ha demostrado en múltiples circunstancias resultados desiguales –lo que se expresa en diversos tipos de ejemplos: ante casos tan bullados como la colusión del papel higiénico o el caso La Polar sus condenas fueron irrisorias–; la concentración del poder económico o de los medios de comunicación en manos de un pequeño grupo social dueño de la riqueza. Esta sensación ha generado un amplio desapego con las diversas instituciones y un sentido de fractura social –todo lo contrario a la cohesión–, repercutiendo en un desgaste generalizado y una pérdida de legitimidad de las reglas del juego vigentes.

Y es que el telón de fondo del malestar y la fractura que atraviesa Chile en estas semanas tiene directa relación con el modelo económico, el sistema político y cultural impuesto, primero a sangre y fuego, y luego consensuado en clave transicional.

El sistema económico productor de riqueza en base a la explotación intensiva de la naturaleza, y la implantación de un sistema financiero y de servicios que tiene como sustento la especulación con los ahorros de toda la población, se encuentra a la base del problema. A eso se agrega una constitución política que superpone el derecho de propiedad sobre cualquier otro derecho humano, y que otorga un carácter subsidiario al Estado que, de este modo, asegura ante todo la estabilidad de la inversión y el equilibrio macroeconómico, con una lógica de traspaso permanente de recursos hacia el sector privado para que sea éste el regulador de la vida social.

En la conjunción de estos factores está la clave del estallido actual: un modelo que en su seno produce desigualdad –económica, política, social– a costa de la privatización de sectores estratégicos –cobre, agua, energía, carreteras–, y sobre los hombros de la fuerza de trabajo que sostiene la economía extractivista nacional. La legitimidad (esto es, el hilo que sostenía este sistema) se terminó de cortar el 18 de octubre de 2019; la pregunta que corresponde hacerse es ¿qué sistema reemplazará el actual?

Nuestra posición: construir una mayoría político social para un nuevo modelo de desarrollo

Los movimientos y luchas sociales emergentes durante la última década, más allá de toda su diversidad y amplitud organizativa, tuvieron canales y actores relativamente nítidos que los encabezaron. A diferencia de ellos, la falta de organicidad ha sido una característica inherente del actual estallido social. La expresión de masas ha sido ampliamente extendida hacia el mundo popular, con códigos novedosos y nuevos repertorios de convocatoria y movilización, que han marcado la flexibilidad de la coyuntura y le han impuesto un ritmo particular que ningún sector político ni del mundo social ha logrado procesar con facilidad. En tal contexto, desde Modatima asumimos que el protagonismo no podía pasar por el parlamento ni los partidos políticos, dado su amplio descrédito; sino que, con cierto esfuerzo, tendría que pasar desde el mundo social movilizado hacia el amplio espectro de organizaciones y movimientos sociales que hemos encabezado diversos tipos de luchas en el último período histórico. Es decir, la apuesta central en esta coyuntura ha pasado por posicionar al movimiento social organizado como un interlocutor legítimo hacia la sociedad, el que se ha expresado en los últimos meses a través de la plataforma Unidad Social.

Unidad Social puede ser hoy una muy buena síntesis para la articulación de una amplia diversidad de luchas que, en distintos momentos, hemos encabezado levantamientos por superar el neoliberalismo en sus distintas manifestaciones. El desafío de este actor, entonces, no es marginal; al contrario, implica desarrollar excepcionalmente capacidad de síntesis analítica junto con una musculatura de movilización y una cohesión interna que, en conjunto, permitan la instalación de una narrativa posneoliberal que tensione a los distintos sectores políticos a tomar, al menos, tres definiciones estratégicas: 

  • Tempranamente, la tesis de la crisis de gobernabilidad instaló la posibilidad de (re)impulsar la Asamblea Constituyente como la batalla estratégica que se debe librar para dar respuesta estructural a la demanda social. Esta vez se abrió la oportunidad histórica, no solo de exigir, sino de protagonizar un cambio estructural que redefina la forma de organización de la vida social en Chile después de cuatro décadas de neoliberalismo, subsidiariedad, despojo de derechos sociales y enajenación de bienes comunes fundamentales como el agua. La Asamblea Constituyente emanada del ejercicio de la soberanía popular representa la batalla estratégica en la que confluyen las luchas antineoliberales libradas por múltiples sectores y actores sociales y políticas.

En tal sentido, el escenario constituyente será la cancha donde daremos esta batalla, y las fuerzas de cambio tenemos que asumir el enorme desafío histórico que tenemos en nuestras narices. Esto implica subir un escalón en nuestra capacidad de articulación y ganar madurez política, para lograr articular un bloque político social que dispute un proyecto de superación del neoliberalismo;vale decir, lograr una mayoría político social que refleje esta voluntad en la Asamblea Constituyente. 

  • La constitución de este bloque implica fijar un objetivo nítido que permita “organizar” el aparente caos actual.  El objetivo prioritario debe apuntar a instalar un clivaje entre quienes buscan superar la crisis actual mediante la construcción de un nuevo modelo de desarrollo que ponga en el centro la recuperación de los derechos sociales y bienes naturales comunes (como el agua, el cobre y el litio), frente a quienes buscan salir de la crisis para reeditar la gobernabilidad en el marco de una democracia restringida y sin afectar los pilares del modelo actual (vale decir, defender el carácter subsidiario del estado y el modelo neoliberal). Desde esta contradicción, se puede establecer una línea divisoria en el debate actual sobre AC y sobre cada ámbito de discusión particular.

Si bien el llamado «acuerdo por la paz» hizo implosionar a sectores políticos (principalmente del Frente Amplio), estamos en un momento crucial para reagrupar esfuerzos en función de un objetivo político trascendente, más allá de lo “procedimental”, que se resume en impulsar el proyecto posneoliberal que defenderemos en la AC.

  • Pero al mismo tiempo, es de suma relevancia generar una musculatura social suficiente para lograr una amplia representación en la AC de sectores que reflejen las ideas de este bloque por la superación del neoliberalismo.

En términos de acción inmediata, debiésemos apostar a ampliar el acuerdo actual a la posibilidad de que se someta a plebiscito los disensos de la AC, asumir una AC paritaria y con escaños reservados para pueblos originarios, en la línea de lo que ha defendido el movimiento social en las últimas semanas. Asimismo, se debe poner en el centro del discurso la defensa irrestricta de los derechos humanos y la condena hacia las violaciones de los mismos por parte de distintos niveles del Estado y fuerzas de orden. Es bajo este piso ético que construiremos el nuevo Chile.

Proyecciones para el mundo socioambiental

El movimiento socioambiental tiene demandas que se han ido procesando e instalando con más fuerza y nitidez en la última década; en tal sentido, es preciso separarlas en un plano general y otro particular.

El desafío general pasa por instalar en el centro de la discusión constituyente el hecho de que la construcción de un nuevo modelo de desarrollo implica definir una nueva relación de la sociedad con la naturaleza, reconociendo a esta última como bien común y como sujeto de derechos, para su necesaria defensa y protección. En tal sentido, la privatización, mercantilización y financiarización de la naturaleza atentan contra estos objetivos, sobre todo en el contexto de crisis ecológica global que vivimos actualmente. Por lo tanto, la superación del neoliberalismo en Chile no puede traducirse en reeditar las tradicionales experiencias neodesarrollistas o extractivistas que se dieron en el marco de gobiernos progresistas en el continente.

En un plano particular pero no por eso menos relevante, las demandas elementales que se han instalado desde los territorios y movimientos ambientales en los últimos años  –tales como desprivatización del agua, la descarbonizacion de la matriz energética, el fin a las zonas de sacrificio, la ratificación del acuerdo de Escazú o el rechazo inmediato del TPP11– son condiciones de base para la construcción de una nueva relación del ser humano con la naturaleza.

En suma, la riqueza emergida de las luchas sociales, de los movimientos ciudadanos y de la sociedad civil en su conjunto debe iluminar nuestra creatividad y capacidad de llevar adelante un nuevo modelo de país, que nos proyecte como sociedad para las próximas décadas y que sirva también de estímulo para otros pueblos y países, al tener el ejemplo presente que, en el laboratorio del neoliberalismo, el pueblo se alzó, abrió las grandes alamedas y redibujó su historia.


* Dirigente del Movimiento de Defensa del Agua, la Tierra y el Medioambiente, MODATIMA. Magíster en gestión y políticas públicas por la Universidad de Chile. Sociólogo por la Universidad de Valparaíso.

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