La implosión de la ciudad neoliberal

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Pléyade número especial / Diciembre (2019)

online issn 0719-3696

ISSN 0718-655X

La implosión de la ciudad neoliberal

Roberto Vargas Muñoz*

Universidad Alberto Hurtado

A propósito del estallido social en curso desde octubre del 2019, abordamos algunas claves teórico-analíticas del conflicto social más importante que ha vivido el país en su historia reciente.

El teórico del espacio, la ciudad y lo urbano, Henry Lefebvre, hizo uso de la conceptualización implosión-explosión para referirse, por un lado, a la gran concentración en la realidad urbana de medios para la producción y reproducción del capital, como agentes, actividades, riquezas, cosas, instrumentos, etc., y, por otro lado, al inmenso estallido y producción de “disociados fragmentos” como la periferia, residencias secundarias, satélites, etc. Es decir, el concepto señala la transformación del espacio social para subordinar el territorio a lógicas de valorización del capital.

Por nuestra parte, denominamos implosión de la ciudad neoliberal a la resistencia social urbana a la modernización forzosa del capitalismo neoliberal. Se trata de la disputa por los límites espaciales del capital: la mercantilización ampliada de la vida social y simbólica en la ciudad, la marginalización de las periferias, la integración forzada al consumo vía crédito-deuda, el abandono del Estado y la crisis de la democracia representativa, etc., una disputa que estalla como fenómeno urbano, sobrepasando cualquier registro político orgánico e institucional.

La  implosión de la ciudad neoliberal en Chile se expresa de varias maneras: en la ocupación de espacios públicos, en la destrucción de símbolos de la dominación política, económica y cultural y de instituciones involucradas en casos de corrupción, en las barricadas y concentraciones masivas, en la evasión y el saqueo así como en los encuentros (asambleas, cabildos) de participación sin mediación estatal. Todo esto es la consecuencia de años de instalación de un patrón de acumulación que por la vía del despojo del Estado de Compromiso desintegró y fragmentó lo social, destruyendo, además, el aparato político liberal de la democracia representativa del cual se enorgullecía la elite nacional por su carácter “estable” respecto del continente.

I

El capital, por distintas vías, ha encontrado empíricamente los soportes necesarios para equilibrar y recuperar la tasa de ganancia. Desde el liberalismo tardío, transitando por el keynesianismo hasta el neoliberalismo, formalmente el capital ha dirigido el proceso de modernización, ya sea por vía del control de los monopolios, del Estado o del mercado, respectivamente. A este proceso lo denominamos la dominación abstracta del capital en la modernidad.

La dominación abstracta del capital es posible por medio de una transformación permanente del espacio-tiempo. El proceso formal de circulación del capital, precisamente por su expresión histórica, ha sido viable y posible capturando el tiempo y el espacio. Empíricamente, el tiempo y el espacio han sufrido transformaciones revolucionarias que se aceleran desde la década del setenta del siglo pasado en adelante.

En la modernidad, el tiempo abstracto regula de forma general al orden social basado en el trabajo abstracto: los seres humanos puestos como individuos se constituyen en productores de valor, el cual se les presenta como el elemento básico de mediación y dominación social. A su vez, el crecimiento constante del valor solo es posible por medio del trabajo en función del dinero. No obstante, la sociedad del empleo y de producción de riquezas en base al trabajo en este momento se haya erosionada y –como veremos más adelante–, este hecho perfila la tensión entre modernidad y posmodernidad.  

Los fundamentos del capitalismo moderno, identificados por Adam Smith en la propiedad privada y la división del trabajo, suponen, de facto, que el individuo solo se hace interdependiente socialmente en el mercado a partir del intercambio de los productos de su trabajo, el cual nunca es realizado por benevolencia es más bien por egoísmo. A diferencia de Smith, Marx descarta un análisis moral concentrado en el individualismo metodológico para reemplazarlo por una lectura categorial (los individuos representan categorías) y una perspectiva de totalidad (lo real como abstracción ­­–la modernidad, la sociedad– puede representarse como un todo). Este ejercicio nos permite pensar formalmente y abrir estudios empíricos sobre la relación entre el capital y la modernidad, y por extensión, del tiempo y el espacio.

El tiempo no solo tiene una función básica en el orden social moderno para los individuos que producen valor, también los capitalistas tienen que habérselas constantemente con el problema de las barreras de la variedad empírica del mundo. En efecto, desde los orígenes de la modernidad el capital ya muestra toda su potencia al articular el espacio aboliendo barreras geográficas, que en consecuencia unifican el globo[1] desde el siglo XIII cuando el incipiente capital (comercial) europeo comienza a expandirse por el mundo. 

Siendo el capital una relación social, es en el espacio donde este se realiza y, además, donde las formaciones sociales se inscriben en la historia. Lo que para Santos se traduce en que “(l)os modos de producción se tornan concretos sobre una base territorial históricamente determinada”[2].

En la modernidad, unificar el globo es hacer del espacio un territorio homogéneo de valorización, donde el capitalista precisa disminuir el tiempo de circulación de las mercancías para volver a iniciar el proceso de producción y competir en mejores condiciones con otros capitalistas. Como el espacio no se puede aniquilar, el tiempo de producción y circulación tiene que acelerarse. Al acelerar el tiempo, el espacio es transformado, y pasa de ser absoluto, en el sentido newtoniano (soporte donde se localizan objetos), a ser abstracto, esto es, homogéneo y liso, un espacio de y para la circulación de mercancías. Lefebvre sistematizó esta idea en lo que denominó “la producción del espacio”, es decir, que cada modo de producción produce un espacio para su reproducción. Este proceso parecía solapado en el siglo XX hasta las décadas del setenta y ochenta, cuando comienza a ser manifiesto el cambio del patrón de acumulación keynesiano al neoliberal, convirtiendo a la ciudad en territorio para el flujo de capitales.

II

La incansable búsqueda de recuperación de la tasa de ganancia y la restitución del poder de clase del capital frente al trabajo inaugura aquel cambio del patrón de acumulación. En Chile, el proyecto desarrollista que intentó modernizar, insertar y culminar la transición al capitalismo industrial, promoviendo la nacionalización de la acumulación capitalista entre 1964 y 1973, recibió como respuesta a los militares y a un tirano dictador que canceló la política e instaló las condiciones para la antípoda del modelo desarrollista, antiimperialista y nacionalista que inspiraba Salvador Allende.   

La modernización capitalista neoliberal chilena celebrada por intelectuales, políticos y economistas de derecha y centro izquierda, no guarda demasiada distancia –al menos en ideas– de la forma de dominación económica dirigida por la oligarquía y burguesía mercantil colonial del siglo XVII en Chile, opositora del empresariado productor, a quien, incluso, enfrentó como a un enemigo[3]. El capitalismo en Chile y, específicamente, el proceso de neoliberalizacion de carácter mercantil y financiero, no integró a la nación en un proyecto nacional y productivo de desarrollo. En términos del marxismo clásico, ni siquiera proletarizó a los sectores populares produciendo en su estructura una masa marginal que de modo tendencial pobló forzadamente las periferias de la ciudad.

La modernización neoliberal, al no integrar a las comunidades nacionales a través de un proyecto de desarrollo y más bien desregular el Estado en virtud de la primacía del mercado como regulador social, produjo integración individual a lógicas de producción global mediante el consumo. Esta integración supone que los individuos se convierten en ciudadanos como consumidores y no en base a derechos civiles, políticos y sociales como ha propuesto la versión liberal de la ciudadanía marshaliana. Esto no parece nada extraño en Latinoamérica, considerando que no han existido experiencias liberales ejemplares.

El  neoliberalismo destruyó la ciudadanía liberal. Al perder los derechos sociales y sindicales lo que resta de la ciudadanía –esto es, derechos civiles y políticos–, pierde sustancialidad, deviniendo en un carácter puramente abstracto y formal. Esta pérdida dio origen al proceso de desciudadanización estructural[4] que subsume formalmente al propio discurso liberal en un mero ejercicio intelectual, anecdótico y romántico; y a los que padecen materialmente el abandono por parte del Estado, los subsume en una desprotección frente al capital, precarizando la vida y produciendo una realidad flexible para personas igualmente flexibles, que se mueven entre trabajos regulares y precarios, con una radical pérdida de la soberanía del tiempo.

Lo paradójico es que aun cuando el capitalismo neoliberal flexibilizó el trabajo con el objeto de resolver sus crisis, “…la flexibilización total (d)el capitalismo no resuelve su crisis, sino que se conduce ciertamente a sí mismo ad absurdum y demuestra que ya solo es capaz de desatar energías autodestructivas”[5]. El progreso y desarrollo del neoliberalismo en Chile, la llamada “modernización capitalista” de Carlos Peña, en efecto, ha ido acompañado de un inexorable costo social, hoy popularmente conocido en las tesis del malestar social. El malestar social es mucho más que el tránsito forzado de la vida tradicional a la vida moderna junto a una inevitable “paradoja” entre la expansión del consumo de bienes materiales y simbólicos y cierta “sensación de malestar con las ruinas del consumo y del mercado”[6], como señala el columnista del diario El Mercurio. Se trata de una complejidad mayor: es una entrada forzada a la inestabilidad laboral, la competencia extrema, la privatización de derechos sociales e inseguridad ciudadana. Se trata de sectores populares introducidos por la fuerza al neoliberalismo que, efectivamente, tienen acceso a mercancías de primer orden, pero por la vía individual del sobreendeudamiento frente al abandono del Estado, experimentando miedo, soledad, inestabilidad e incertidumbre frente a los reveses de la modernización y no por lo condición subjetiva de la perdida de los lazos tradicionales.    

III

A nivel internacional, la crisis del neoliberalismo nos vuelve a colocar, nuevamente, frente al problema moderno del trabajo, es decir, ¿cómo reactiva el capital el crecimiento económico? Las respuestas, formalmente, son las mismas: políticas de austeridad fiscal y desregulación, la contención neoliberal ortodoxa. Como hemos visto, el contrapunto de estas políticas es la desciudadanización estructural, la producción de personas flexibles y la fragmentación social. No obstante, subterfugiamente, es el tiempo y el espacio los que nuevamente se ven transformados.

Moruno nos indica que “(e)l tiempo ordena la vida en la sociedad y la sociedad es ordenada por cómo se vive el tiempo”[7]. El trabajo es la forma de mediación social moderna y fundamento del capitalismo, pero es, en específico, el tiempo social (abstracto) su modo de funcionamiento. En la modernidad, el tiempo, de modo general, adopta una forma abstracta, y se mide en actividades (aquello que se hace: trabajo asalariado), mientras que en la premodernidad el tiempo es concreto, se mide en la duración de los hechos (cocción del arroz, cambio estacional, el rezo del Padre Nuestro, etc.).  De ahí que podamos concluir que el tiempo moderno es un “tiempo absoluto emancipado de los hechos”[8], y que nuestra época (desde la década del setenta en adelante), sigue siendo la del tiempo social abstracto, pero acelerado.

Con el advenimiento del posfordismo el orden social moderno del tiempo se altera y se acelera con y en los cambios tecnológicos-sociales, transformando el ritmo de la vida. El tiempo moderno clásico separaba la jornada laboral (del trabajo gastado, remunerado) del no trabajo, mientras que en la sociedad posmoderna se difuminan los límites del trabajo y la vida social. Con la intromisión forzosa del neoliberalismo en Chile (precarización, flexibilidad y fragmentación) estamos frente a la forma de explosión neoliberal, donde la lucha por la vida es la lucha contra el tiempo.

A la afirmación de Moruno habría que agregar que, además del tiempo, el espacio ordena la vida en la sociedad y la sociedad es ordenada por cómo se vive en el espacio. En efecto, la ciudad le arrebata el tiempo a la Iglesia pero, a la vez, la ciudad se convierte en la modernidad en un medio indispensable para la organización del capital. Lo urbano, como forma de comportamiento de la ciudad en la modernidad, se configura para la circulación del capital (independiente de la actividad económica: producción, distribución, intercambio o consumo).

Lefebvre denomina al neoliberalismo “sociedad burocrática de consumo dirigido”, donde aparece la nueva miseria del hábitat y del habitante sometido a la cotidianeidad organizada, siendo las clases populares las víctimas de la segregación y de la total mercantilización y alto costo de la vida social.  Pero así como la ciudad se ha vuelto un elemento privilegiado para el capital, al mismo tiempo, se ha vuelto un espacio de disputa. Aun cuando el capital le cierra el camino a la vida social, según Lefebvre, existen  “derechos que van definiendo la civilización”. Uno de ellos es el famoso Derecho a la ciudad que, según el filósofo, es la apropiación del tiempo y del espacio, del cuerpo y del deseo, de la obra y del uso por sobre el cambio. Se trata del derecho a la vida urbana realizada, a crear lugares de encuentro donde el ritmo de la vida no se medie por la forma mercancía, donde haya usos del tiempo para el disfrute de los lugares y los momentos. En definitiva, realizar la vida urbana es entrar en el reino del uso frente al dominio del valor de cambio frente a la mercancía[9].

IV

La dominación abstracta del capital no solo transforma permanentemente el espacio-tiempo, también encuentra diversos mecanismos para capturar y producir subjetividad. Voloshinov decía con razón que tan importante como la lucha de clases es la lucha de signos. En nuestra época, tal vez como nunca antes, se cumple lo que Feuerbach a mediados de siglo XIX observaba: la preferencia de la imagen frente a la cosa, la copia al original, la representación a la realidad, la apariencia al ser. El mundo de la significación es una disputa tan importante como la disputa material. Deshistorizar y desimbolizar o, dicho de otra manera, la imagen y el símbolo subordinados a la lógica del capital, parecen por primera vez tocar la estructura simbólica del sujeto que, según Jorge Alemán[10], es la amenaza de una eventual conquista neoliberal: borrar la memoria histórica. Tal vez por eso es tan importante la destrucción simbólica en la implosión de la ciudad neoliberal chilena: estatuas cercenadas, paredes públicas y privadas intervenidas y cambios populares de los nombres de cerros y plazas, entre otros, son un intento por relevar la dimensión conflictiva y caótica que organiza lo social. Frente al orden que impone la constante criminalización del conflicto por parte de las autoridades públicas y de los medios de comunicación, la implosión neoliberal produce caos, anormalidad y conflicto.

En la ciudad neoliberal, homogeneizante, se consuma la primacía del individuo frente a la comunidad y se privilegia la repetición de lo mismo. El orden y el presentismo absoluto se vuelven una realidad espectacular (sin tiempo, sin memoria y sin causa), aun cuando esta es producida en un tiempo y en un espacio determinado. “El espectáculo –dice Debord- no es un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas mediatizada por imágenes”[11] que se presenta como pura positividad, como ausencia de conflicto y caos.  

En la ciudad antigua, el conflicto organiza la vida en común, en la sociedad posfordista el conflicto desgarra la ciudad.  1983-85, 1995, 2001, 2006, 2011, 2018 solo por nombrar algunos años, son parte de nuestra conflictiva historia reciente de jornadas de movilización masivas y críticas a la vida neoliberal. Las revueltas del 2019 en Chile son un testimonio fiel del agotamiento del modelo económico concentrado en la desregulación estatal, en la pérdida de derechos sociales y sindicales y en un capital liberado de cualquier tipo de garantía social para orientarse hacia el beneficio y la ganancia.

La anormalidad y potencia del conflicto de la implosión neoliberal ha ampliado los límites de lo discutible al cuestionar dos pilares centrales del consenso político neoliberal: el Estado subsidiario (expresión del despojo de los derechos sociales, políticos y sindicales) y la democracia restringida (expresión de la despolitización y neutralización de la conflictividad social). Lo que venga en adelante no se puede aventurar. No obstante, el pesimismo como el optimismo son cargas demasiado relevantes como para jugar al ajedrez. Hace un mes (comienzos de octubre) parecía cumplirse la sentencia del realismo capitalista de Fisher, aquella “idea muy difundida de que el capitalismo no solo es el único sistema económico viable, sino que es imposible imaginarle una alternativa”[12]. Pero también, desde hace tres semanas, la implosión de la ciudad neoliberal en Chile nos puso frente a la forma de resistencia contra el capital: la lucha por la vida.  

 Santiago, noviembre de 2019

Referencias bibliográficas

Alemán, Jorge. Horizontes neoliberales en la subjetividad. Buenos Aires: Ediciones Grama, 2016.

Debord, Guy. La sociedad de espectáculo. Santiago: Ediciones Naufragio, 1995.

Fischbach, Franck. “De cómo el capital captura el tiempo”. En Franck Fischbach (Coord.)

Marx. Releer El Capital. Madrid: Ediciones Akal, 2012.

Fisher, Mark. Realismo capitalista ¿no hay alternativa? Buenos Aires: Editorial Caja Negra, 2019.

Kurz, Robert. “La persona flexible. Un carácter social nuevo en la sociedad global de crisis”. En Grupo Krisis. Manifiesto contra el trabajo. Barcelona: Virus Editorial, 2002.

Lefebvre, Henry. El Derecho a la ciudad. Barcelona: Editorial, 1969.

____________.  La revolución urbana. Madrid: Alianza Editorial, 1972.

Moruno, Jorge. No tengo tiempo. Geografías de la precariedad. Madrid: Ediciones Akal, 2018.

Peña, Carlos. Lo que el dinero sí puede comprar. Santiago: Editorial Taurus, 2017.

Salazar, Gabriel. Historia de la acumulación capitalista en Chile. Apuntes de clase. Santiago: Editorial Lom, 2003.

Santos, Milton. De la totalidad al lugar. Barcelona: Editorial Oikos-tau, 1996.


* Doctor en filosofía por la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. Miembro del Núcleo de Investigación Espacio y Capital del Departamento de Geografía, Universidad Alberto Hurtado. Director de la Fundación Crea.

[1] Cf. Franck Fischbach, “De cómo el capital captura el tiempo”. En Franck Fischbach (Coord.) Marx. Releer El Capital (Madrid: Ediciones Akal, 2012).

[2]  Milton Santos, De la totalidad al lugar (Barcelona: Editorial Oikos-tau, 1996), 23.

[3] Cf. Gabriel Salazar, Historia de la acumulación capitalista en Chile. Apuntes de clase (Santiago: Editorial Lom, 2003), 51.

[4] Categoría elaborada en conjunto con Felipe Pimentel en el contexto del Proyecto de Investigación “El Neoliberalismo y el nuevo sujeto político social en el Chile Posnoventa” en Fundación Crea, Santiago, 2016.

[5] Robert Kurz, “La persona flexible. Un carácter social nuevo en la sociedad global de crisis”. En Grupo Krisis Manifiesto contra el trabajo (Barcelona: Virus Editorial, 2002), 79.

[6] Carlos Peña, Lo que el dinero sí puede comprar (Santiago: Editorial Taurus, 2017), 15-16.

[7] Jorge Moruno, No tengo tiempo. Geografías de la precariedad (Madrid: Ediciones Akal, 2018), 13.

[8] Ibíd., 14.

[9] Cf.  Lefebvre,  El Derecho a la ciudad, 165-169.

[10] Cf. Jorge Alemán, Horizontes neoliberales en la subjetividad. (Buenos Aires: Ediciones Grama, 2016), 22.

[11] Guy Debord, La sociedad de espectáculo (Santiago: Ediciones Naufragio, 1995), 10.

[12] Mark Fisher, Realismo capitalista ¿no hay alternativa? (Buenos Aires: Editorial Caja Negra, 2019), 22.

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