La revuelta chilena de octubre: el momento de los “alienígenas”

el 11 noviembre | en Sin categoría

Pléyade número especial / noviembre (2019)

online issn 0719-3696

ISSN 0718-655X.

La revuelta chilena de octubre: el momento de los “alienígenas”

Claudia Maldonado G.*

Freie Universität

David Foitzick R.**

Friedrich-Schiller Universität

Ahí están las costras de la historia,

doblándole la mano a la amnesia

 César Uribe

Las grandes movilizaciones acontecidas en Chile a partir del día viernes 19 de octubre de 2019 no han dejado indiferente a nadie en nuestro país ni en el extranjero, y no son pocos los que guardan la esperanza de que esta rebelión genere un efecto contagioso al resto de los países latinoamericanos que, con sus diferencias, comparten un problema común: las enormes desigualdades sociales. A partir de la puesta en escena de este movimiento heterogéneo y diverso en grupos etarios y origen social, se nos convoca al desafío de pensar algunas hipótesis sobre este despertar social, sus causas y sus posibles desenlaces.

Para comenzar, existe un consenso general en torno a la idea de que el aumento de la tarifa del transporte público (metro) fue solo el detonante de un malestar incubado desde hace muchos años en el interior de la sociedad chilena, cuya causa de origen estaría asociada a las enormes desigualdades sociales que no permiten la reproducción cotidiana de la vida de la mayoría de la población, generando altos niveles de frustración, descontento, incertidumbre y angustia. Estas desigualdades no son solo económicas sino también políticas y culturales, pero, sobre todo, incluyen un ámbito subjetivo de vital importancia para la población chilena que abarca dimensiones como la dignidad, el abuso y el maltrato[1]. Al respecto, el diagnóstico es claro al referirse a una crisis del modelo de desarrollo neoliberal y la promesa de bienestar incumplida, que tiene como consecuencia múltiples desigualdades, cuya base jurídico-normativa se encuentra en la Constitución de 1980 promulgada por la dictadura militar que transformó a Chile en un experimento económico único en el mundo.

Sin embargo, esta crisis que tiene causas materiales concretas (alta concentración del ingreso, bajos salarios, baja calidad y privatización de los servicios públicos como salud, educación, bajas pensiones, etc.), se desarrolla acelerada y violentamente producto de la larga instrumentalización de la sociedad civil y el tratamiento indolente que el Gobierno y la clase política dieron a las alzas en los precios de bienes y servicios públicos que detonaron finalmente el conflicto. La falta de empatía con los problemas cotidianos de la gente se plasmó también en las desafortunadas frases expresadas por los ministros de Estado (semanas antes del estallido social) quienes hicieron un llamado a la ciudadanía a “levantarse más temprano para aprovechar las tarifas rebajadas del metro”, a “rezar para que termine la guerra comercial entre EE.UU y China”, o a pensar en “los consultorios como un lugar de reunión social” (a propósito de las largas esperas para la atención), evidenciando con estas declaraciones la completa desconexión del Gobierno en particular y de la clase política en general con la población, sus problemas y sus malestares. Son justamente estos hechos los que anteceden al sinnúmero de expresiones de hartazgo, rabia y dolor que se muestran en las calles durante los últimos días, y que lamentablemente se han mezclado con acciones de vandalismo ejecutadas por un grupo muy minoritario de la población. Estas últimas acciones han estado en el foco de la atención del Gobierno, relegando a un segundo plano las demandas sociales y políticas expresadas por los grupos de la población movilizados.

Un denominador común que comparten la clase política (transversal e independiente de su partido) y el Gobierno en esta crisis es la incapacidad de ver las verdaderas motivaciones de la explosión social. La imposibilidad de reconocer en ella el cansancio de la gente ante las condiciones actuales de vida, así como los dolores que surgen del fracaso de proyectos personales y colectivos. No se reconoce, tampoco, el hartazgo de los chilenos con una clase privilegiada que transgrede las leyes y no paga penas por ello, o que siente impotencia frente a un poder judicial que no castiga a los empresarios que se coluden para estafar al pueblo y que tampoco ha recibido un castigo acorde al daño infligido. Son estas solo algunas de las innumerables causas que se señalan al momento de preguntar lo que moviliza a la ciudadanía que día a día constata con amargura el hecho de que en Chile no somos iguales, ni económicamente, ni en derecho, así como tampoco en reconocimiento y dignidad.

La revuelta actual parece ser la expresión radical de un sinnúmero de malestares que se volvieron intolerables, de la acumulación de demandas insatisfechas de grupos e individuos, del reclamo por expectativas que propició el modelo económico y por el discurso falsamente inclusivo generado en torno a él, también es síntoma de la desilusión frente a cambios políticos que nunca llegaron y del sentimiento de exclusión que viven día a día las personas, en su ciudad, en la escuela, en su trabajo, en su entorno social.

Sin embargo, el acontecimiento de la revuelta social ha permitido que el conjunto de estos descontentos se unan en este momento bajo insatisfacciones equivalentes entre sí que han logrado transformarse en reclamos activos que movilizan a los sujetos hacia la insurgencia y la desobediencia social. En consecuencia, el logro más importante de esta expresión colectiva es que, aún sin liderazgo o plan o programa político a futuro, se ha convertido en una acción emancipatoria que cuestiona profundamente el statu quo, el proyecto de sociedad y el sentido común[2].

Siguiendo a Rancière[3], la explosión social en Chile ha hecho que los grupos –hasta este momento invisibles–, expongan públicamente la sensación y molestia causada por los sistemáticos daños infligidos ya sea por otro sujeto, grupo o institución. Gracias a esta acción se han convertido en un grupo que hoy disputa políticamente un lugar en la sociedad, un grupo que exige el reconocimiento y la capacidad de decidir sus trayectorias de vida. Los invisibles, ahora, reclaman su parte dentro de una sociedad que los mantuvo fuera y relegados a una condición de ruido, que no comprendió sus demandas y por lo tanto interpela a los perpetuadores de tal vulnerabilidad.

Dice Badiou que el acontecimiento tiene la capacidad de alterar el curso normal de las cosas, y esto se ha generado en la medida en que los invisibilizados de la sociedad comienzan a abandonar su condición de ruido para reclamar con energía una actualización del principio igualitario que ha sido transgredido[4]. Esta es la principal demanda que parece no comprender la clase política y los privilegiados del sistema económico, que observan estupefactos el desarrollo del movimiento social sin líderes ni filiaciones políticas. Para ejemplificar esto, basta solo con recordar las palabras de la esposa del presidente y primera dama de la nación, Cecilia Morel, cuando compara a los manifestantes con un “grupo de alienígenas” que intenta invadir el país. Morel no habla de un enfermo que despertó de un coma, porque esa metáfora implicaría un nivel de empatía y reconocimiento hacia el dolor del otro, del cual esta clase social y política adolece; su relato más bien refleja el horror que siente frente a una fuerza social extraña, ajena, cuya manifestación y fundamento es incomprensible para la elite. Más allá de que posteriormente hayan intentado otras interpretaciones de los acontecimientos –como cuando la exintendenta y hoy vocera de Gobierno Karla Rubilar dice: “esta crisis viene desde hace tiempo y no la supimos leer”–, transcurridas casi dos semanas del estallido y con la movilización aún más viva y articulada, parece que la revuelta sigue sin poder ser desentrañada por el Gobierno y gran parte de la clase política. Así, la cuestión que es importante plantear es por qué la elite no ha sabido leer la crisis. Tal vez esta imposibilidad radica en que esta clase social que hoy es la elite encargada del reparto y distribución de los bienes y lugares de los chilenos dentro de la sociedad –grupo que, además, participó activamente en la dictadura cívico-militar y que se benefició de ella– no puede alterizar ni llagar el mismo dolor de aquellos que fueron víctimas, de aquellos que fueron vejados de sus derechos fundamentales, torturados, desaparecidos y utilizados como mano de obra barata para hacer crecer un capital que después debía gotear (chorrear) hacia las otras clases, las clases más bajas. El problema entonces va más allá de una incapacidad de lectura de la crisis, da cuenta de una miopía o del desencuentro de dos grupos irreconciliables que no hablan un mismo idioma, que tienen un conflicto manifiesto en los términos en que refieren la realidad o, como señala Rancière, un desacuerdo entre dos grupos que dicen blanco, “pero no entienden lo mismo con el nombre de la blancura”.

Es por esto que los chilenos se han alienado de una sociedad y de una clase política que no los representa, que no comparte su lengua y no entiende su dolor, se apartaron también de las instituciones que estaban para protegerlos y se han volcado a la manifestación intensa que reclama por justicia y por un nuevo contrato social igualitario.

La sociedad chilena actual experimenta un dolor multidimensional. Este dolor en cada una de sus formas ‒sensorial, cognitiva y afectiva‒[5] hiere, confunde y asusta, por lo que se transforma en una narrativa personal necesaria de aunar en una memoria colectiva que pueda ser leída por el resto de la sociedad. Es preciso visualizar el dolor que se manifiesta en las protestas, en cada uno de los carteles, consignas y pancartas que abrazan los manifestantes, pero hay que ir también más allá del momento actual. Es menester comprender también lo que significaron las reducciones en el sur del país, las apropiaciones de tierras, la aculturación de casi todos los pueblos originarios, es necesario visualizar el racismo, la discriminación y la vergüenza, elementos sobre los cuales se erigió la República y que se encuentran en el origen de la exclusión. Tal vez esto haga entender a la clase política que es hora de que Chile cuente con un nuevo pacto donde los invisibles sean contados, donde el daño provocado por la exclusión y la desigualdad sea reparado, y la única forma de comenzar es a partir de una Constitución política multiétnica, pluricultural e inclusiva que los visibilice a todos, incluso a los “alienígenas”.


* Investigadora postdoctoral del Programa de Posgrado en Desarrollo Sostenible y Desigualdades Sociales en la Región Andina (TrAndeS) de la Freie Universität- Berlin, Alemania. Correo electrónico: cmaldonadograus@gmail.com.

** Coordinador de la Red Temática: “Cambio transnacional, desigualdad social, intercambio intercultural y manifestaciones estéticas: el ejemplo de la Patagonia (Chile- Argentina)”, Philosophischen Fakultät, Friedrich-Schiller Universität –Jena, Alemania. Correo electrónico: david.foitzick@uni-jena.de.

[1] Véase Kathya Araujo, Habitar lo social. Usos y abusos de la vida cotidiana en el Chile actual, Serie Individuos y Ciencias Sociales (Santiago: Lom ediciones, 2009); “La igualdad en el lazo social: procesos sociohistóricos y nuevas percepciones de la desigualdad en la sociedad chilena”, DADOS-Revista de Ciências Sociais 56 no. 1 (2013); y D. Martuccelli,Desafíos Comunes. Retrato de la sociedad chilena y sus individuos, Tomos I y II, Serie Individuos y Ciencias Sociales (Santiago: Lom ediciones, 2012).

[2] Benjamín Arditi, “Las insurgencias no tienen plan, ellas son el plan: performativos políticos y mediadores evanescentes”, Debate Feminista 46 (2012).

[3] Jaques Rancière, Política, policía, democracia, trad. María Emilia Tijoux (Santiago: Lom ediciones, 2006); El desacuerdo. Política y filosofía (Buenos Aires: Editorial Nueva Visión, 2012).

[4] Alain Badiou, El ser y el acontecimiento (Buenos Aires: Editorial Manantial, 1999).

[5] Ronald Melzack y Kenneth L. Casey, “Sensory, motivational, and central control determinants of pain. A new conceptual model”, en D. Kenshalo ed., The Skin Senses (Springfield: Charles C. Thomas, 1968).”

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