La revuelta contra el neoliberalismo

el 31 octubre | en Sin categoría

Pléyade número especial / octubre (2019)

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ISSN 0718-655X /

La revuelta contra el neoliberalismo

Alejandra Castillo[*]

Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación

Vivimos el vértigo del tiempo acelerado de la radicalización de la protesta. Este es el tiempo de la revuelta contra el neoliberalismo. Esta revuelta se inicia con el lema “evadir no pagar, otra forma de luchar” lanzado por las y los estudiantes de enseñanza media, mientras invitan a quien quiera a utilizar el metro evadiendo el pago. Esta singular protesta por el alza del trasporte público pronto pone en evidencia dos escenas.

Una, la del peso cotidiano de vivir en un orden neoliberal en el que la mayoría se empobrece y vive en condiciones muy duras. “Evadir no pagar, otra forma de luchar” logra articular, así, un importante número de demandas no escuchadas en los últimos treinta años: la salud y educación pública, las pensiones, precariedad laboral, bajos sueldos, endeudamiento, la privatización ominosa de los recursos naturales, el agua, por ejemplo. “Evadir no pagar, otra forma de luchar” se vuelve también el significante vacío que encadena las luchas y protestas de los últimos años: la “Revolución pingüina” protesta de las y los estudiantes secundarios por una educación pública y de calidad (2006); la protesta de las y los estudiantes universitarios y secundarios por el “fin del lucro” en la educación (2011); Movimiento No más AFP (2013); Revuelta feminista (2018); y Paro docente (2019).         

La otra escena que toma lugar es la respuesta del Gobierno de la derecha neoliberal que ante la justa protesta social decreta estado de emergencia, toque de queda y da facultades a los militares para controlar y reprimir con violencia al pueblo chileno. Debe ser indicado que estas facultades exceden a lo establecido por el derecho constitucional.

Creí que no volvería a escuchar las palabras “toque de queda” o ver a los militares en las calles golpeando a manifestantes, deteniendo sin ajustarse al debido proceso, torturando y asesinando. Junto a la alegría de la esperanza de la política recobrada, vuelve el terror del tiempo detenido de la dictadura con la suspensión de la cotidianidad y de la vida.

La suspensión de la razón democrática tiene como marco este estallido social contra un orden injusto que vulnera el derecho al acceso a una educación pública y de calidad, a un sistema de salud gratuito y eficiente y a pensiones para vivir una vejez de manera digna. La economía y la política neoliberal vulneran, de manera drástica, los tres pilares sobre los que se sostiene una democracia. Este orden ha generado, sin embargo, ganancias cuantiosas para unos pocos a costa de un gran daño para la mayoría. Este daño se ha infringido, cotidianamente, contra el cuerpo del pueblo de Chile por treinta años.

Por falta de juicio, entendimiento e interés, los gobiernos de la Concertación y los de derecha hicieron oídos sordos a las sucesivas manifestaciones de descontento y malestar. No han querido ver las marchas, los paros o las declaraciones. Este mismo año, para no ir más lejos, se paralizó por varios meses el sistema público de educación exigiendo mejoras a los sueldos e infraestructura. No hubo respuesta, salvo la violencia. Con rabia, porque no es otro el afecto, vimos por meses cómo las fuerzas especiales golpeaban a estudiantes secundarios en sus propios establecimientos. ¿Hay alguna razón para ello? Para quienes creemos en la democracia, la justicia y los derechos, no la hay. Para quienes creen en el lucro y la especulación, la razón para esa violencia era, en primer lugar, debilitar la educación pública volviéndola un “bien” desechable y, en segundo lugar y quizás el más importante, la especulación inmobiliaria ¿A alguien se le escapa que los liceos emblemáticos, por ejemplo, están emplazados en lugares altamente lucrativos? Para la derecha neoliberal todo puede ser un negocio. A ese negocio con nuestra vida se ha dicho basta, no más. Este “no más” es esta protesta social. Es por aquella razón, que esta protesta es un fuerte llamado a la clase política y al Gobierno para enmendar este daño. La respuesta del Gobierno es el estado de emergencia, el toque de queda y la violencia.

 No queriendo entender y jugando a intentar descubrir el por qué de esta revuelta social, los medios de la oligarquía le preguntan al abogado Carlos Peña -opinólogo de El Mercurio y también rector de una universidad privada- ¿Por qué ahora? ¿Acaso no habíamos abusado por tanto tiempo y sin ninguna reacción? Su respuesta –que va dirigida a la oligarquía, es su público privilegiado– no pone atención a la suspensión del orden democrático (estado de emergencia, militares en la calle y el toque de queda) sino que busca delimitar la protesta social a un fenómeno generacional de jóvenes rebeldes e individualistas que no hacen sino universalizar su posición como la única verdad y, por tanto, no serían sino que pequeños autoritarios.

En pocas palabras, unos niños mal criados incapaces de obedecer y seguir las reglas que una sociedad se da. ¿Se puede suspender todo derecho, toda garantía, en favor del control del Estado? No lo creo. Estos niños mal portados son apoyados por un grupo de viejos débiles e incapaces de juicio racional –y por eso también, como “niños”– que les siguen el juego y les aplauden sus jugarretas. El paisaje descrito no parece ser otro que el de un pueblo de niños.

¿Y en este largo y angosto país hay algún adulto? Sí claro, “ellos”, los que se han beneficiado con un orden injusto. Cuando a Carlos Peña se le pregunta si es legítimo para un orden democrático que las fuerzas militares estén al mando y en las calles, su respuesta es un “sí” enfático. Agrega, además, que es el Estado quien establece las reglas y quien no lo entiende es un “niño”. El Estado que es invocado no es otro que el autoritario y patriarcal.

  Si esta revuelta contra el neoliberalismo tiene algún antecedente es la revuelta feminista del año recién pasado. Lejos de plantearse desde una petición sectorial o de interés de grupo, el movimiento feminista volvió visible la violencia patriarcal en la silenciosa inercia de las instituciones, en la cotidianidad de la vida privada y en el daño que produce el modelo económico neoliberal al cuerpo de la sociedad: ahí está la doble jornada de las mujeres y el trabajo del cuidado que realizan para demostrarlo.

Contra el pronóstico del desencanto y la apatía neoliberal, la política en Chile recobró, del tal modo, un olvidado radicalismo de la mano de un feminismo lejano de las moderadas políticas de mujeres de las cuales tuvimos noticia con la vuelta de la democracia a partir de los años noventa. El feminismo se tomó las universidades y el espacio público. Por casi dos meses fuimos parte de la vorágine de la revuelta feminista. Los medios de comunicación se hicieron presentes con despachos diarios, reportajes de toda índole que buscaban mostrar el mundo de las “mujeres”. En las universidades, a pesar de las tomas, se organizaron innumerables charlas en los campus. Y, por primera vez, luego de muchos años, el feminismo apareció en foros y conversaciones en centros comunales y regionales, en organizaciones sindicales y hasta en los partidos políticos.

La revuelta feminista hizo escuchar muy fuerte un “no más” a los abusos del Estado autoritario y patriarcal. Un “no más” que se vuelve escuchar hoy, a pesar de la represión militar que busca silenciarlo.

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[*] Filósofa feminista. Profesora del Departamento de Filosofía de la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación UMCE. Directora de la Revista de Cultura Papel Máquina. Autora de los libros Matrix. El género de la filosofía (2019); Crónicas feministas en tiempos neoliberales (2019); Simone de Beauvoir. Filósofa, antifilósofa (2017); Disensos feministas (2016); Imagen, cuerpo (2015); y Ars Disyecta. Figuras para una corpo-política (2014), entre otros. Correo electrónico: alejandrabcastillov@gmail.com.

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