Octubre 2019: ¿Rebelión Popular en Chile?

el 31 octubre | en Sin categoría

Pléyade número especial / octubre (2019)

online issn 0719-3696

ISSN 0718-655X / pp. xx-xx.

Octubre 2019: ¿Rebelión Popular en Chile?

María Emilia Tijoux*

Universidad de Chile

Este mes de octubre hace brillar un tiempo nuevo que esperamos no se acabe todavía. El brillo lo dieron los estudiantes secundarios que una vez más demostraron a la sociedad chilena que era posible salir de la falsa calma que indica la posición sometida en la que hemos estado durante tantos años. Nuevamente, las y los estudiantes secundarios protagonizaban con astucia y valentía las protestas contra el alza de las tarifas del metro, organizándose en distintas estaciones e invitando a los usuarios a pasar sin pagar, al mismo tiempo que lanzaban consignas y hacían volar miles de panfletos tras el grito: “evadir, no pagar, otra forma de luchar”.

            Pero tanta gente en las calles y tanto enojo colectivo comenzaron a multiplicarse y a mellar en personas de distintas edades, condiciones sociales, profesiones y oficios. El orden se vio alterado y las rutinas de una vida cotidiana vivida por millones de personas (en la soledad de una hora o más de transporte, entre metro, micro y casa, y la misma hora o más de un regreso de cansancio acumulado) se interrumpieron con la algarabía de una rebelión que se inició en Santiago y se propagó rápidamente hacia el resto del país.

            El Gobierno temió y tembló. Pero en lugar de buscar responder a las exigencias de tantos y tantas, decidió aplicar lo impensable: estado de emergencia y ley de seguridad del estado. Así, convertía al país en enemigo, militarizaba las calles y entregaba a las fuerzas armadas la responsabilidad de “ordenar la casa”, esa que siempre ha considerado como la suya propia. Luego, el toque de queda se impuso para impedir “excesos” y “vandalismos”, sin considerar la nueva dimensión que esto daba a una protesta pacífica y que crecía en organizaciones y demandas. Se pidió la renuncia al Presidente, y el “que se vayan todos” se convirtió en consigna. Luego se aplicó el toque de queda en distintos horarios y regiones, y se invitó a estar en casa y a no salir a la calle. Sin embargo, la gente siguió cantando y bailando al son del caceroleo a la vez que las barricadas se multiplicaban.

            Ante este estallido social de gran proporción, el Presidente habló al país y profirió la frase “estamos en guerra”, la que enfureció a una población que rápidamente respondió “no estamos en guerra”. Los helicópteros volaban sobre nuestras cabezas, en las calles circulaban camiones con soldados armados y se desplazaban tanquetas junto a los vehículos de carabineros, trayendo a la memoria de muchos(as) lo vivido en los años setenta y ochenta. Pero extrañamente, el general encargado por el Gobierno del orden de la “casa”, declaraba: “Yo soy un hombre feliz, no estoy en guerra con nadie”.

            La rebeldía se propagó rápidamente, mostrando que detrás de esa acción hermosa de los estudiantes secundarios y que tanto asustó al Gobierno, había mucho más. Se trataba de la fuerza de esa acción colectiva que sacaba desde el interior de la historia de todos(as) y de cada uno(a), de una sola vez, la rabia contenida debido a un sistema que privatizó las vidas después de haber privatizado los bienes de uso público. El temor a envejecer, a tener que jubilar obligatoriamente para morir en las peores condiciones, o proyectar el suicidio para evitar el sufrimiento de lo que se viene como miseria real, ha sido una situación causada por el sistema de AFPs, ese robo legal inventado por José Piñera que obliga, mes a mes, a entregar nuestros ahorros de toda una vida para llenar los bolsillos de unos pocos ricos. 

            A la violencia de las pensiones de miseria se suma la imposibilidad de acceder a una salud digna. El deterioro de la salud pública es de tal magnitud que impide a los médicos y a los profesionales de los hospitales trabajar, pues no tienen insumos para atender a los pacientes. Que la gente muera esperando una operación o simplemente ser atendido no es extraño. Agreguemos que la educación, entendida hoy como el bien y el medio para salir de la pobreza, al encontrarse privatizada obliga a niveles de endeudamiento que imposibilitan dormir, dañando la salud mental de las familias. Y como si una extraña libertad existiera en este marco de sufrimientos múltiples, los estudiantes pueden “congelar” los estudios esperando tener los medios económicos para continuarlos.

            La rebelión activó el goce colectivo y sacudió de la modorra individualista lo que estaba guardado, e incluso olvidado, por tanta repetición de abusos depositados en el cuerpo; abusos que consiguieron hacer del sufrimiento una costumbre, un modo de vida nacional que luego se ha presentado al mundo como la sociedad tranquila y feliz que somos. Despertar implicó ver lo que no se quería ver, principalmente la cuenta pendiente que desde hace tantos años el estado chileno tiene con todos(as) nosotros(as), y que incluye por ejemplo los medidores inteligentes, las alzas de luz, agua y gas, y obviamente la gota que rebalsó el vaso: el aumento del pasaje del metro. Todo lo que se suma a la cuenta histórica de crímenes de lesa humanidad.

            La rebelión de la que hemos sido testigos contrarresta el “oasis” chileno al cual se refirió el Presidente hace unos días, pues se devela con demasiada rapidez el modo en que ha funcionado el régimen de acumulación capitalista (también llamado laboratorio exitoso de los Chicagos Boys).  No obstante, vale preguntarse si efectivamente el modelo chileno se ha desmoronado como se plantea. En este momento me parece que el poderosos sistema de explotación y de expropiación de los bienes públicos y de la vida humana no está en peligro, ni tampoco la constitución heredada de la dictadura. Y más aún: si se trata de este modo a los ciudadanos chilenos, ¿cómo se seguirá tratando a los migrantes? ¿Acaso estas luchas hermosas los han considerado, las y los han reconocido como un uno(a) más que participa en la vida nacional?

            Considero que es más prudente no aplaudir antes de tiempo, cuando nos lanzan las migajas que calman un clima de tantas “violencias”, siempre provenientes de las “clases peligrosas”. Las mismas clases que enfrentan la vida diaria de un trabajo precario y explotado, junto con las humillaciones de las instituciones, los transportes públicos y el desprecio reflejado en palabras y en gestos de sectores privilegiados o de esos que se han acomodado en el camino de un supuesto “surgir en la vida”. Hemos visto y nos hemos estremecido ante allanamientos, detenciones y maltratos que han ocurrido en poblaciones y en sectores que el estado abandonó ya hace muchos años.

            Además, desde hace mucho tiempo no vemos que haya un proyecto ni una propuesta clara por parte de los partidos políticos y de sus dirigentes. Ante eso, me parece necesario no olvidar y reflexionar sobre lo que pueden estar pensando y fraguando en la Cámara Chilena de la Construcción, en la Sociedad Nacional de Agricultura, en la SOFOFA, es decir, allí donde están los dueños de Chile.

            Surgen muchas emociones cuando estamos en medio del calor de miles de personas, en las marchas donde gritamos con toda la potencia que nos permite una rabia acumulada históricamente, cuando Chile es un país hoy militarizado en su totalidad, pues desde antes el Wallmapu ya conoce, respira, enfrenta y sufre la militarización. Vemos a jóvenes sin miedo, pero eso nos conduce a pensar en él, pues rápidamente se ata a la persona cuando teme que lo allanen, lo arresten, lo torturen o lo hagan desaparecer, debido a los traumas de una dictadura que surge ante un uniforme, un grito del vecino o el llanto de un niño. El miedo está agazapado en los rincones, presto a salir cundo más convenga, al igual que lo está la palabra que puede dar la orden, quizás efectivamente esta vez, de “ordenar la casa”, pero en nombre de la patria. No olvidemos que se ha castigado al pueblo y que hay personas que siguen buscando a familiares que aún no aparecen, pero tampoco permitamos que se aplauda la muerte de quienes ahora son las víctimas de este octubre manchado de sangre, bajo el calificativo de “lumpen”.

            El fascismo está presente, aun cuando algunos ingenuos lo consideren lejano. No confiemos tanto. Sigamos observando, discutiendo, reuniéndonos, pensando en lo que ocurre más allá de un diagnóstico superficial. Escuchemos a la gente, atendamos a todo lo que tengan que decirnos, pero también a lo que quieran criticarnos. Tratemos de sentir, en nuestra piel, la soledad en que se ha dejado a la clase trabajadora que cada día enfrenta la vida sin entender mucho lo que ocurre con los discursos, los egos y los proyectos que se construyen en la lejanía de sus existencias. Tratemos de remar para el mismo lado con los estudiantes secundarios, quienes desde hace mucho iniciaron esta rebelión. Con los sindicatos, los trabajadores y las trabajadoras, con los organismos de derechos humanos y de defensa de la tierra, con las organizaciones sociales, con el movimiento feminista, los intelectuales, los profesionales de todas las ramas, con las trabajadoras sexuales y los movimientos LGTBQI, con las organizaciones internacionales, y con los miles de personas que apoyan esta rebelión. Y, principalmente, debemos remar junto a los pueblos indígenas cuya sabiduría y experiencias hoy día son indispensables. 

            Chile es en parte Santiago, pero también es Contulmo, Punta Arenas, Rapa Nui, la población La Legua y Alto Hospicio, los valles de norte y del sur, por nombrar solo algunas de las regiones que claman por justicia, por agua, por reconocimiento. Chile también es los pueblos olvidados y sus riquezas históricas y culturales.

            Surgen muchas preguntas, pero pienso que las más importantes apuntan al Estado: ¿Cómo vamos a interpelarlo? ¿Acaso no está en juego su carácter y el despliegue de su violencia? ¿Cuál es realmente la sociedad que queremos? Y, por último, ¿será posible la idea de un mundo mejor?

            La emancipación de la mujer y del hombre, del niño y de la niña, precisa de un trabajo colectivo que, sin duda, ahora podríamos comenzar. Lentamente al parecer estamos comenzando a salir de la alienación que nos ha enceguecido.


* Profesora adjunta de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile. Doctora en Sociología por la Universidad París 8. Coordinadora de la Cátedra “Racismos y Migraciones Contemporáneas”. Directora de la revista Actual Marx Intervenciones.

Scroll to top