Terremoto y mar de tranquilidad

el 11 noviembre | en Sin categoría

Pléyade número especial / noviembre (2019)

online issn 0719-3696

ISSN 0718-655X

Terremoto y mar de tranquilidad

Vladimir Safatle*

Universidad de São Paulo

mucho más temprano que tarde,

se abrirán las grandes alamedas

por donde pase el hombre libre,

para construir una sociedad mejor.

Salvador Allende

Era el día 12 de abril de 1981 y el periódico era El Mercurio. El economista Frederick Hayek había sido invitado a dar una entrevista mientras se encontraba en Chile acompañando, de forma entusiasta, la implementación de la agenda neoliberal bajo el régimen de Pinochet. Hablando sobre su visión de la sociedad, Hayek deja caer la máscara y afirma:

«(…) yo diría que estoy totalmente en contra de las dictaduras, como instituciones a largo plazo. Pero una dictadura puede ser un sistema necesario para un período de transición. A veces es necesario que un país tenga, por un tiempo, una u otra forma de poder dictatorial. Como usted comprenderá, es posible que un dictador pueda gobernar de manera liberal. Y también es posible para una democracia el gobernar con una total falta de liberalismo. Mi preferencia personal se inclina a una dictadura liberal y no a un gobierno democrático donde todo liberalismo esté ausente».[1]

Como sabemos, es en la periferia donde las ideas desarrolladas por los países centrales del capitalismo revelan su verdadero rostro. En ese mismo momento, cuando el neoliberalismo era implementado en el Reino Unido de Margaret Thatcher y en los Estados Unidos de Ronald Reagan con ropajes que parecían preservar la democracia liberal, su verdadero rostro autoritario se revelaba en Chile. Un rostro que será el verdadero horizonte de desarrollo del modelo.

Hayek no escondió cómo la “libertad” neoliberal, esa libertad basada en la libre-iniciativa, en la competencia y en el emprendedurismo, reclama “durante un cierto tiempo, una u otra forma de poder dictatorial”. En esta actualización de la teoría de la dictadura transitoria, se hallaba la idea de que solo una sociedad cuyo Estado usara toda su violencia y fuerza para despolitizarla sería capaz de aceptar el “mar de tranquilidad” neoliberal. La paz neoliberal solo podría ser una paz armada.

Pasaron casi cuarenta años y el experimento chileno parecía ser un modelo exitoso, listo para ser exportado. Su modelo de pensiones se vendía en varios países como el horizonte racional de gestión de recursos. Su “alternancia” de poder parecía mostrar una estabilidad política fundada en el reconocimiento de la partición necesaria de políticas económicas que serían respetadas ya fuera por conservadores o por “socialistas”.

Sin embargo, fue en Chile donde el neoliberalismo empezó a morir, fue allí donde se le nombró claramente como el fundamento del sufrimiento social. La rebelión chilena entra en la historia mundial reciente como la prueba de que ni siquiera una experiencia dictatorial puede imponer a la sociedad el reducir su búsqueda de libertad social a una “libertad neoliberal”. Una libertad basada en el uso del Estado como un aparato de concentración de renta y de explotación de las clases vulnerables.

La rebelión chilena muestra cómo será la dinámica de transformación política de aquí en adelante. Ella se sustenta en la reconstrucción de la solidaridad popular genérica a través de movimientos amplios de movilización de cuerpos en la calle. En un horizonte marcado por la pérdida brutal de la capacidad de movilización de los partidos, de los sindicatos y de las estructuras tradicionales de representación, las verdaderas acciones políticas se dan a través del contagio popular. Debemos entender mejor estos procesos de contagio, debemos saber de qué modo operar en su interior.

De hecho, vemos actualmente la repetición del mismo patrón, sea en Chile, en Ecuador, en Francia, en el Líbano o en Argelia. Todo comienza como una rebelión contra una medida económica que penaliza a los más pobres: aumento del impuesto de los combustibles, aumento de los pasajes de transporte público, creación de un impuesto por usar WhatsApp. El motivo parece puntual pero rápidamente se propaga, exponiendo una disconformidad profunda y estructural ante las condiciones económicas y sociales. Los gobiernos reaccionan inmediatamente, movilizando impresionantes aparatos de violencia y control. La Francia de los chalecos amarillos cuenta por millares los presos en las manifestaciones. Imágenes de decenas de jóvenes secundarios de Mantes-la-Jolie de rodillas, en hilera y con las manos en la cabeza, rodeados por policías, dieron la vuelta al mundo. Y no es casualidad que estas imágenes parecieran haber sido sacadas de la Segunda Guerra. Piñera no tuvo ningún pudor en asesinar a más de veinte personas con tal de preservar el “mar de tranquilidad” que él creía navegar en Chile. Incluso, bajo un cariz “democrático”, esa auténtica masacre promovida por el Gobierno chileno revela el verdadero horizonte autoritario de gestión social que caracteriza al neoliberalismo. Muestra la solidaridad que existe entre el neoliberalismo y la lógica de guerra civil no-declarada.

Luego de comprender la ineficacia de la violencia extrema, los mismos gobiernos pasan a la negociación. Pero ahora descubren que no sirve de nada revocar las medidas económicas. La población quiere el fin de estos gobiernos, ella sabe que las decisiones siempre serán tomadas acatando intereses que le son contrarios. Un sector fundamental de la sociedad se desprende de su adherencia a los principios generales de la gobernabilidad. Está dispuesta a abrir y seguir nuevos caminos.

En este sentido, la decisión de los chilenos de quedarse en las calles hasta que un nuevo proceso constitucional se ponga en marcha es una decisión sabia. Nos recuerda la decisión de los islandeses cuando rechazaron los paquetes neoliberales de castigo popular que eran por entonces vendidos como el remedio contra la crisis económica de 2008. Los islandeses comprendieron que la verdadera respuesta a la crisis no solo pasaba por nuevos ajustes económicos, sino por una refundación institucional del campo político a través de la convocatoria a una asamblea constituyente, pues la respuesta correcta pasa por el uso de la fuerza destituyente de la soberanía popular, así como a recurrir a su más explícita expresión constituyente.

Por otra parte, no es de extrañar que a lo que más temen las elites económicas es a esta refundación institucional, sobre todo cuando la refundación se realiza al interior de un proceso de concientización de las dinámicas de lucha de clase. Este es un punto central para que comprendamos la relevancia de la experiencia chilena: ella vuelve a poner en circulación la experiencia de la lucha de clases y el rechazo a ser gobernado por quien tiene un compromiso con las políticas de empobrecimiento.

Muchos analistas consideran términos de esta naturaleza como resquicios arcaicos de algún Museo de las Ideas Perdidas. Su convicción de que la historia terminó en la defensa de la democracia liberal, tal como la conocemos hasta ahora, les impide comprender el sentido de procesos de desidentificación generalizada con el poder, procesos que ellos buscan poner bajo la cuenta del “populismo” y de formas de “regresión” de las masas, fuera de los acuerdos de gestión que parecían aceptados por todos.

No obstante, lo que estamos viendo ahora se trata de una lucha de clases. La comprensión de que las políticas de austeridad eran, en verdad, políticas de concentración y de defensa de intereses intocados de las elites rentistas, se esparce de forma cada vez más sistemática. La línea de escisión fundamental reaparece como división entre los ricos y los económicamente vulnerables. Puede ya no existir una consciencia de clase, por una serie de razones vinculadas a la configuración de los procesos políticos contemporáneos con sus dificultades estructurales en la producción de dinámicas de emergencia de cuerpos políticos convergentes. Debe también recordarse la renuncia genérica de procesos de crítica cultural, lo que hace que hasta las luchas políticas parezcan necesitar de una gramática forjada en la industria cultural, en los cómics y en las películas de superhéroes. Pero lo que vemos actualmente son luchas de clase sin consciencia de clase, al menos hasta ahora. Lo que no significa que la próxima vuelta de tuerca no sea justamente la consolidación de una consciencia genérica de clase renovada, capaz de articular transversalmente la multiplicidad de experiencias de expoliación y explotación. Esta consciencia, basada en una solidaridad transversal, será el nuevo embrión de una era que se abre ahora a partir de un nuevo ciclo de luchas contra la expoliación y por la igualdad.

La experiencia chilena es seguida muy de cerca por países como Brasil, que actualmente aparece como el nuevo laboratorio del neoliberalismo autoritario, con expresión neofascista. Brasil es la actualidad del modelo chileno. Las mismas políticas que produjeron terror en la sociedad chilena son impuestas ahora en Brasil a través de un régimen que, no por casualidad, es comandado por alguien que declara su profunda admiración por Pinochet.

Al vislumbrar el riesgo de que Brasil replique la vía chilena, el sr. Bolsonaro amenazó con llamar al ejército y su hijo habló de imponer medidas de excepción, censura y violencia, como el AI-5 de la dictadura militar brasileña. La razón de esto es que el poder sabe muy bien que las posibilidades de una insurrección brasileña son reales, pues es prácticamente inevitable que tales posibilidades se conviertan en realidad. En el mismo instante en que las calles de Santiago ardían en llamas, el mismo proyecto ultra neoliberal autoritario que se estaba quemando en Chile era implementado en Brasil a través de la última votación de la reforma de las pensiones. Algunas personas deben recordar que la pobreza no miente. Tales reformas no llevarán a la clase trabajadora al paraíso, así como no la llevarán a ningún lugar. Por el contrario, tales reformas llevarán a la misma frustración que chilenos y ecuatorianos ya expresaron. Los números queman cualquier ideología: menos del 3% de las familias brasileñas poseen actualmente el 20% de la renta total del país (según el IBGE). En 2018, el rendimiento del 1% más rico del país creció un 8,4% mientras los dos 5% más pobres cayeron un 3,2%. Esto en un país con tasas de desigualdad impensables para el resto del mundo. Tal proceso solo se acentuará.

Sin embargo, existe un dato importante y diferencial en Brasil. Quienes actualmente ocupan el Gobierno ya se ubican como una fuerza anti-institucional. Tenemos un Gobierno que habla, en todo momento, de estar operando una revolución en el país. Por esto, moviliza continuamente la lógica del “Gobierno contra el Estado”. Ante manifestaciones como las que estamos viendo ahora, ellos bien pueden asociar la más extrema violencia a un discurso de acogida. Algo así como: “entiendo su descontento. Estoy, desde que entré en el Gobierno, luchando contra las fuerzas del Estado, del parlamento e incluso de mi partido, que buscan impedirme gobernar. Les pido a ustedes más poderes contra las fuerzas ocultas que dominan la política nacional y no permiten que un no-político como yo actúe”.

Esto significa que, tal como en 2013, las fuerzas de transformación pueden ser colonizadas por procesos autoritarios en Brasil. Por eso, todo esfuerzo debería dirigirse para prepararse ante esos procesos insurreccionales. Es decir, todo esfuerzo debe ir en dirección a trabajos transversales de convergencia y asunción de una pauta clara de ruptura económica. Pues solo ganaremos hegemonía política en la medida en que le demos forma al deseo popular de salir, cueste lo que cueste, de este orden económico.


* Académico del Departamento de Filosofía de la Universidad de São Paulo, Brasil. Ha publicado, entre otros, los libros O circuito dos afetos: corpos políticos, desamparo e o fim do indivíduo (Belo Horizonte: Autêntica Editora, 2016) y Dar corpo ao impossível: o sentido da dialética a partir de Theodor Adorno (Belo Horizonte: Autêntica Editora, 2019).

[1] Hayek, Friedrich, “Entrevista”, El Mercurio (Santiago de Chile), 19 de abril,1981.

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